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Trepando al árbol genealógico

¿Quién no ha dibujado alguna vez su árbol genealógico? Levante la mano.

Baje la mano. Me está haciendo quedar en ridículo.

En todo caso, lo hayamos dibujado o no, todos sabemos cómo es un árbol genealógico. Al menos nos resulta conocida su forma más común, esa planta extraña que tiene las raíces en las ramas. Es una cosa más o menos así:

Vía de las mamás

Un árbol genealógico es una representación convencional de la red de relaciones genéticas entre individuos; red que en muchos contextos sigue tomándose como sinónimo estricto de “familia”. Más por comodidad que por otra cosa adoptaré esta sinonimia en el resto de la entrada.

También por comodidad (o por pereza) he dibujado sólo un par de niveles del árbol ejemplificador. De haberlo extendido, habría tenido que bosquejar muchas más caritas, y las últimas, ya por cansancio, habrían quedado mucho más feas y genéricas. Es bien sabido que la cantidad de ancestros se duplica en cada generación ascendente: dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos…

Y en este punto, como verá cualquiera que entienda qué es una progresión geométrica, surgen problemas.

Supongamos que hubiera tenido muchas, pero muchas ganas de dibujar caritas y me hubiera dicho a mí mismo:

—Mismo, quiero que dotes a nuestro árbol de tantas generaciones como años tenemos, a saber, treinta y tres.

—Eso es absurdo —me habría respondido—. En el nivel superior debería dibujar un número de caritas igual a 2³³, lo cual es exactamente 8.589.934.592.

—Humm… Es cierto. Vamos a necesitar un disco más grande.

—¡No, tonto! Lo que estoy tratando de decir es: ¿cómo es posible que hace treinta y tres generaciones (unos mil años, si calculamos treinta años por generación) hubiera ocho mil millones personas en el mundo? ¡Es más de lo que hay ahora!

—Solamente estás buscando excusas para no trabajar.

Pero habría tenido razón. Nunca hubo tanta gente sobre la Tierra como para tener semejante cantidad de ancestros. He aquí una paradoja.

Paradoja que se resuelve del siguiente modo:

Tome usted a estos millardos de antepasados y póngalos en fila. Uno al lado del otro, como en un reconocimiento policial. ¿Listo? Ahora páseles revista. Si tiene usted suficiente tiempo (y unas dotes sobrehumanas de fisonomista) empezará a notar algunas semejanzas.

—¡Eh! Aquí dice que usted es antepasado de mi madre, ¡pero se parece mucho a un antepasado de mi padre que vi hace un rato!

—Claro que me parezco. ¡Si soy el mismo!

Y no será el único caso. Por ejemplo, vea usted a esa señora, de cuyos muchos hijos descienden su madre y dos de sus abuelos paternos. ¿Y qué me dice de aquel caballero, antecesor de dos de sus bisabuelos y de cinco de sus tatarabuelos? A medida que trepamos al árbol genealógico, se va haciendo cada vez más común encontrar a una misma persona en distintas ramas. Retrocediendo lo suficiente en el tiempo, las personas de las que descendemos por varios linajes a la vez se van tornando más la norma que la excepción. Si damos unos pasos atrás para contemplar la imagen completa, vemos que el árbol genealógico tiene forma de pino.

Una consecuencia de esto es que todos, los siete mil millones que hoy pisamos este planeta, compartimos una gran parte de nuestro árbol genealógico. Un aristócrata europeo puede afirmar ser descendiente de Carlomagno y mostrar orgulloso sus blasones, pero las probabilidades indican que eso no es muy impresionante, ya que todo el mundo en Occidente desciende de Carlomagno. Y del paje de Carlomagno, y del sirviente que alimentaba el caballo de Carlomagno, y de una hilandera de Aquitania que una vez vio a Carlomagno de lejos, y de un pastor de cabras moravo que habría pensado que Carlomagno era el nombre de un helado, si alguna vez hubiera oído hablar de los helados… La realidad es que todos somos hijos de primos que son hijos de primos. En la mayoría de los casos son primos lejanos que desconocen su parentesco exacto, pero esta endogamia es inevitable. La humanidad es, de un modo para nada metafórico, una gran familia.

Y, teniendo en cuenta que el próximo domingo se celebra en Argentina el Día de la Madre, quisiera detenerme un momento en una línea particular de las muchas que se entrecruzan en nuestra red genealógica: la de las mamás.

De todas las vías por las que se puede trepar el árbol, hay una (y sólo una) que contiene solamente mujeres: la vía materna.

Vía de las mamás

Usted, amigo lector o amiga lectriz, tiene o tuvo una mamá. Y esa mamá tuvo, a su vez, una mamá, a la que usted llama abuela. Y su abuela tuvo una mamá, y ésta la tuvo también, y ésta, y ésta… Si nos encaramamos en ramas cada vez más altas, encontraremos mamás cubiertas de pelo, mamás que caminaban en cuatro patas, mamás que reptaban en las playas y mamás que nadaban en el océano. Todos nosotros, sin excepción, somos el resultado final de una sucesión ininterrumpida de mamás.

Pero no hace falta que retrocedamos tanto en el tiempo. Serán suficientes unas ocho o diez mil generaciones, tal vez menos, tal vez un poco más. Si seguimos el rastro de nuestras mamás hasta ese punto, entonces usted, yo, Martin Scorsese, Nelson Mandela, Jane Goodall, Hayao Miyazaki, Aishwarya Rai, Zach Weiner, Ricardo Darín, el Papa, J. K. Rowling, el vecino que tiene el perro que ladra toda la noche y el resto de los siete mil millones de personas hoy vivas, nos encontraremos todos reunidos en torno a una mujer que vivió hace doscientos mil años en África oriental.

Y esta mujer dirá entonces con lágrimas en los ojos (mitad del susto):

—¡Qué emoción! ¡Toda la familia reunida!

No sabemos nada de esta mujer. Ni cómo se llamaba, ni cuál era la constitución de su familia más próxima, ni qué posición ocupaba dentro de su comunidad. Es posible que no atrayera demasiado la atención, pues lo que la haría especial no tomaría forma hasta muchos siglos después: de ella parten (empezando por sus hijas) todos los linajes maternos de la humanidad actual.

A falta de un nombre, la llamamos Eva, como el personaje del Génesis. Pero que esto no nos engañe: no era, como quisieran algunos fundamentalistas, la única mujer del mundo. Tenía parientes, tenía amigas y vecinas, y, si se alejaba de su comunidad, seguramente podía hallar alguna otra a la que no le faltarían miembros femeninos. Con gran probabilidad, también de esas otras mujeres descendemos nosotros; lo que las diferencia de Eva es que no podemos llegar a ninguna de ellas siguiendo un camino de puras mamás, sino que en algún momento tenemos que desviarnos por algún papá.

¿Cómo sabemos todo esto? Lo sabemos por las mitocondrias.

Cada una de las células que nos componen tiene una colección de pequeños órganos (“orgánulos”) que llevan a cabo distintas tareas. El propio núcleo celular que contiene el ADN es un orgánulo. Otros ejemplos de orgánulos son los centriolos, que participan en la división celular; el aparato de Golgi, que almacena y transporta proteínas; y las mitocondrias, que desempeñan la crucial función de generar energía para la célula.

Pues bien, las mitocondrias tienen la particularidad de que cada una lleva sus propios genes, que permanecen separados del genoma nuclear. Mientras el código genético de cada persona proviene, como ya sabemos, de ambos padres por partes iguales, el ADN mitocondrial se hereda exclusivamente de la madre. Meses antes de que usted llegara berreando a este mundo, un óvulo que iba nadando serenamente con sus mitocondrias completas y su medio genoma recibió a un espermatozoide que contribuyó como dote al matrimonio celular otro medio genoma, pero ninguna mitocondria. Así que usted podrá tener los ojos de su padre, la nariz de su abuela y el pelo ensortijado de alguna tía, pero sus mitocondrias siempre serán las de mamá.

Y las mitocondrias de toda la humanidad son las de esta buena señora africana. De aquí proviene su apellido: su nombre completo es “Eva mitocondrial”.

¿Significa esto que las mitocondrias de todos son iguales? No. Otra cosa que sabemos sobre el ADN, sea mitocondrial o no, es que muta, y estas mutaciones generan variedad. Un poco menos intuitivo es el hecho de que estas mutaciones se van acumulando a un ritmo regular y predecible a lo largo de los milenios. Si se conoce este ritmo, se puede determinar cuándo han divergido dos linajes estudiando sus diferencias genéticas (una técnica llamada “reloj molecular”). De esta manera se ha rastreado el origen de todas las mitocondrias humanas a esta persona que vivió mucho antes de que a alguien se le ocurriera poner un pie fuera de África.

Persona que, como toda madre, seguramente me reprochará que haya tardado tanto en acordarme de ella. Pero de todas formas la saludaré con un “¡Feliz día!” y le dedicaré “Rift Valley Drifters”, mi canción favorita del satirista Roy Zimmerman.

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Andrés

Andrés

Espécimen de Homo sapiens nacido en la Argentina del siglo XX. Bohemio de oficina, procrastinador multidisciplinario, autodidacta inconstante, cultor del nomadismo de sillón. En lo que encuentra un lugar cómodo donde la sociedad tenga a bien encasillarlo, se entretiene con cosas que se parecen un poco a la informática, a las artes y al humor.

9 Comments

  1. October 12, 2011 at 7:39 pm —

    Ciertas noticias y sitios de genealogía afirman que el antepasado común de toda la humanidad actual vivió en tiempos históricos, o como mucho hace 5.000 años. Mi problema es que lo afirman como si fuera algo impepinable, fruto de la matemática pura. Pero, por lo que tengo entendido, ese cálculo no es tan puro sino que se hace con un modelo que asume varias cosas discutibles, por ejemplo interconexión de todas las poblaciones del planeta incluidas las más remotas y aisladas. Me corrijan si me equivoco, plis.

    • October 12, 2011 at 11:07 pm —

      Un sitio de genealogía enlazado en el texto (éste) se refiere al último antepasado común y habla de los métodos usados para calcular en qué tiempo vivió. Comenta, como bien dices, que los métodos matemáticos dan resultados distintos según se usen asunciones diferentes. Por ejemplo, asumir una procreación puramente aleatoria parece dar una fecha de 1.200 a.C., pero otros modelos más realistas generan fechas anteriores.

      Conviene aclarar que la Eva mitocondrial no es el último antepasado común de los seres humanos, sino el último antepasado común por vía exclusivamente materna. Puesto que el ADNmt pasa completo de madres a hijos sin mezcla, se hace más fácil (comparativamente hablando) fecharla por métodos genéticos. Otro tanto ocurre con el Adán cromosómico, de quien todos los varones del mundo hemos acabado heredando el cromosoma Y.

  2. October 12, 2011 at 11:51 pm —

    Me encanta este post. Ahora quiero hacerle una tarjeta de día de la madre a mi 5000xtatarabuela.

    • October 13, 2011 at 12:03 am —

      ¿A todas? Mejor te ayudo. Después de todo, muchas deben ser 5000xtatarabuelas de los dos.

      (Y muchas gracias. Me divertí mucho escribiéndolo, como tal vez se note.)

      • October 13, 2011 at 1:22 am —

        ¿Qué tal un concurso de tarjetas de día de la madre a Eva? En España y México es hasta mayo, pero podríamos hacerlo de todas formas.
        Si a alguien le parece buena idea, que se manifieste.

        • October 13, 2011 at 1:36 am —

          Me manifiesto.

        • October 14, 2011 at 11:43 am —

          ¡No nos mires, haz tarjetas! ¡El pueblo, unido, haciendo tarjetas! Vale, lo dejo…

          Me parece buena idea 🙂

        • October 16, 2011 at 10:49 pm —

          A mí me parece una idea más que estupenda, el problema es que se me da fatal hacer tarjetas. Pero estoy comentándolo con gente a ver si alguien más se anima. Paleofreak, ¿qué pondrías tú en una tarjeta para la Eva Mitocondrial?

  3. […] que escribimos, como la vida sentimental de Camila Vallejo o todo lo relacionado con cómo ilustrar árboles genealógicos (Andrés: ¡idea de […]

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