Machospace

Machospace

“¿Os habéis enterado del lío que se ha montado con la publicación en un Nature de Septiembre de una especie de cuento corto llamado “Womanspace”?” Así empieza el correo que hace unos días recibimos los bloggeros de Escéptica de parte de Daurmith, y que me tiene descorazonada al pensar que hay ciertos prejuicios, actitudes y estereotipos que se niegan a morir, incluso en espacios que a veces consideramos progresistas.

Nature, la revista científica de mayor impacto hoy en día, en ocasiones publica historias de ciencia ficción en una sección llamada “Futures”. En esta sección, Ed Rybicki escribe un cuento que pretende ser chistosillo acerca de un par de científicos que se encuentran en casa discutiendo sobre su próximo libro, cuando la mujer de uno de ellos, quien se encuentra demasiado ocupada preparando la cena y un poco harta de escucharlos hablar de dicho libro, los manda a comprar ropa interior para la hija. Después de pasarse un rato viendo CDs y comparando en tiendas de electrónicos, los señores se dirigen al supermercado para tratar de encontrar la dichosa prenda de ropa.

En este punto de la narrativa, el señor hace una digresión para describir su teoría pseudocientifíca de las diferencias entre la estrategia de compra de las mujeres y los hombres. Nos deslumbra con la revolucionaria idea de que las mujeres somos recolectoras, mientras los hombres son claramente cazadores: “(los hombres) entran en un ambiente complejo con unos cuantos objetivos claros, logran sus objetivos, y se marchan.” Las mujeres, al parecer, no poseemos tal capacidad de retención. Convertimos cualquier misión simple en una expedición que incluye comprar un fabuloso par de zapatos de descuento, un trapeador, y posiblemente pescado congelado. Cualquier hombre, afirma Rybicki, tendría dificultades para encontrar estos objetos, incluso si hubiera acompañado a la mujer de compras.

El autor nos pregunta entonces:
“¿Alguna vez te ha pasado estar conversando con tu compañera mientras caminas por la complejidad del supermercado cuando de repente la encuentras 20 pasos adelante tuyo dándote la espalda? Posteriormente regresa con algo que jamás has visto y lo echa al carrito, como si nada hubiera pasado.”
- No, en realidad nunca me ha pasado esto, Ed. Algo similar me ha pasado con mi pareja masculina, pero creo que esto le da un poco al traste a tu teoría. De cualquier forma, me da la impresión que no te estabas dirigiendo a mi, sino a la legítima audiencia de Nature, que debe estar compuesta exclusivamente de hombres anglosajones de más de 50 años, preferiblemente llamados Richard o Henry.

Toda esta teoría sale a colación porque al entrar al supermercado se ven totalmente perdidos y descontrolados tratando de encontrar la ropa interior de niñas, hasta que piden la ayuda de una dependiente quien les informa que ésta se encuentra en un parte lejana de la tienda, y que por lo tanto no les dará tiempo de cumplir su misión. Los señores parten decepcionados de regreso a casa. Pero esperen, ¡aquí no termina el cuento! El señor Rybicki todavía nos quiere iluminar con su profunda percepción de la naturaleza humana y de la ciencia.

En el camino de regreso, la pareja empieza a reflexionar sobre su fracaso, y lo contrasta con el talento de las esposas de poder rastrear objetos. Inocentemente, uno podría pensar que el talento de sus esposas (debo de aceptar que ese talento ami me elude) proviene de años de experiencia haciendo tareas domésticas como, no sé, hacer las compras de casa, mientras los señores salen a cazar aparatos electrónicos. Pero esta no es una respuesta satisfactoria para verdaderos hombres de ciencia, así que los señores formulan una hipótesis mucho más robusta: las mujeres, consciente o inconscientemente, accedemos a un universo paralelo para encontrar cosas en los supermercados. ¡Naturalmente, si la respuesta salta a la vista!

Como bueno científicos, Rybicki y su colega no se quedan nada más en la hipótesis. Ponen a prueba su teoría escribiendo en foros y blogs, y comparando sus agudas observaciones con las de sus amigos, y los resultados fueron contundentemente positivos.

Así que ya está; la ciencia ha hablado. Señores, no se preocupen más si son incapaces de encontrar el caldo de pollo que su mujer les encargó del supermercado. No es falta de atención, costumbre, o interés de su parte. La biología les ha hecho una mala jugada negándoles acceso a la transdimensión del supermercado. Es más, pensándolo bien, es injusto que se les pida encargos tan complicados cuando nosotras venimos preprogramadas para hacer compras y otra suerte de tareas domésticas.

Bueno, a grandes rasgos, este es el cuento que Ed Rybicki publicó en Nature (con algunos comentarios editoriales de mi parte). Quiero aclarar que entiendo que este relato pretende ser una historia de ciencia ficción, aunque incluso analizando únicamente sus méritos literarios me parece una historia bastante desprovista de imaginación. Basándome en las respuestas que Rybicki da a la gran cantidad de comentarios negativos que recibió su artículo, también puedo creer que su intención no era más que escribir un cuento jocoso sobre sus experiencias y su torpeza en lo que a ciertas tareas domésticas se refiere. Aún más, puedo decir que tengo varias amistades, en su mayoría hombres ya bastante grandecitos, que podrían fácilmente identificarse con este artículo. Supongo que al oírlos relatar una experiencia similar yo misma los excusaría pensando que al fin y al cabo son cosas de otra época. Pero dejemos algo claro. Esta no es aquella historia políticamente incorrecta que te está contando el abuelo octogenario que está más p’allá que p’acá, y que decides ignorar, no vaya a ser que de un coraje se te infarte. Esto es un artículo publicado en una de la revistas científicas más prestigiadas del mundo que, sin importar las buenas intenciones del autor, perpetúa estereotipos de género. Uno de los comentarios más lúcidos en este respecto lo hizo Pieter van Dokkum:

“Lo que esta historia resalta es la cuestión del sesgo inconsciente y no intencionado, que es algo que nuestra comunidad tiene que aprender a afrontar. Queda claro a partir de sus comentarios que el autor se ve a sí mismo como alguien que apoya a las científicas, y su intención era solamente ilustrar su propia impotencia ante obstáculos del día con día. Sin embargo, la historia sitúa a las mujeres y a los hombres en categorías fundamentalmente diferentes: las mujeres son buenas organizadoras y aptas para tareas domésticas, mientras que los hombres son inútiles en tareas diarias, pero capaces de idear teorías sobre el universo. Es esta categorización inconsciente que daña a las mujeres que tratan de progresar en una carrera académica.”

Las categorías que Rybicki delinea son insultantes tanto para hombres como para mujeres. Claramente me molesta el prejuicio de que como mujer estoy biológicamente predeterminada para organizarle la vida a los hombres a mi alrededor. También me molesta que un hombre se vea en la necesidad, aunque sea literaria, de invocar universos paralelos para explicar el comportamiento y la naturaleza de las mujeres. Pero, de la misma manera, me parece anticuado y ofensivo el estereotipo del brillante pero atolondrado científico que es incapaz de amarrarse las agujetas o limpiarse el trasero sin la ayuda de una mujer.

Si bien el relato está mal por sí solo, el hecho de que la revista Nature haya sido quien lo ha publicado es verdaderamente alarmante por las siguientes razones:

1) porque el relato excluye a una buena parte de sus lectores al propagar estereotipos ofensivos, cuando hoy en día se está tratando de contrarrestar la falta de científicos, y particularmente de científicas, en áreas técnicas,
2) porque los estereotipos no sólo son ofensivos, sino también son por naturaleza poco científicos; no son observaciones empíricas válidas, sino atajos mentales que usamos cuando queremos evitar un análisis de un fenómeno a profundidad, y
3) porque Nature sabía que sus lectoras encontrarían el texto ofensivo. ¿A qué me refiero? Después de publicar el artículo, uno de los editores en jefe, Henry Gee, escribió el siguiente comentario: “Me extraña que no hayamos recibido comentarios indignados acerca de esta historia.” Esto último, para mí, es imperdonable.

Nota: la imagén de inicial viene de este sitio.

By lucy
Nacida en México, Luciana siempre ha tenido interés por temas científicos, al grado de tener la osadía de navegar el circuito académico durante la última década. Sin visos de lanzar el ancla en un área específica, ha metido mano en temas que van de materiales, a nanotecnología y últimamente en biotecnología. La vida no corre prisa, y entre inmersiones a las obscuras aguas del trabajo experimental, esta rata de laboratorio tratará de subir a la superficie para tomar un poco de oxígeno y perspectiva al escribir para escéptica.

2 Comments

  1. ¡Buen artículo! Coincido totalmente en que el supuesto humor del relato fracasa, y en que es tan insultante para hombres como para mujeres.

    Cuentecitos y nature aparte, el truqui de “soy un inútil para la tarea X”, que usamos por igual hombres y mujeres para escaquearnos de algo que no nos gusta y manipular el ego del otro o la otra para que lo haga, está bastante pasado. Disfrazarlo como un halago a supuestas capacidades de las mujeres tampoco cuela, como no cuela la viceversa del tópico de colgar un cuadro o cambiar una bombilla. El relato es, bueno, eso, rancio y mediocre como relato. En el contexto de Nature, me parece a mí que lanza un mensaje, cuanto menos, poco afortunado.

    Y ahora os dejo, que voy a ver si paso a la dimensión paralela para acometer la dificilísima tarea de comprar un kilo de manzanas y una barra de pan.

  2. Si yo sé que puedo encontrar el desodorante cerca de los jabones y shampoos dentro del supermercado no es porque tenga un superpoder femenino de localización de mercancía. Son dos dedos de frente, un poco de interés y mucho de experiencia. Si Rybicki cree que existe ese superpoder, sugiero que lo dejen un mes haciendo la compra y verá como se adquiere rápidamente, sin necesidad de radiaciones o arañas mutantes. Y, como comenta Daurmith, lo mismo va para las mujeres que dicen que no pueden conectar los cables de la tele o armar muebles del Ikea.

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