Ciencia

UNA DECLARACIÓN DE AMOR

Hoy me he levantado poética y romántica. Inspirada y afortunada. No creo que tenga que ver con el valentiniano mes de febrero que ya nos deja y al que tanta tirria tengo. En realidad no es solo hoy. Me siento así desde hace muchos años. Estoy profundamente enamorada, y quiero compartirlo con vosotros. Muchos de los que me conocen bien saben de este amor, pero nunca lo he declarado en público hasta ahora. Estoy enamorada de la ciencia. Esa robusta y dulce compañera que te reta, te acaricia, te consuela, te enerva, te emociona hasta el éxtasis y nunca te abandona.

Esta historia de amor, que sé que mucha gente comparte, comenzó siendo yo muy niña. Mi juventud y mi adolescencia no fueron precisamente fáciles ni felices, pero si debo decir que tuve durante mi infancia una educación científica que estimulaba mi curiosidad a cada pregunta bien respondida y acrecentaba mi fascinación por la realidad. Recuerdo perfectamente uno de los momentos singulares de flechazo. Recuerdo estar mirando al cielo nocturno y preguntarle a mi madre “¿Qué son las estrellas?”. Debía tener yo, no sé, 5 o 6 años. A la edad a la que se empiezan a preguntar esas cosas. O quizá incluso antes, porque yo fui una preguntona precoz. Recuerdo que cuando mi madre me dijo que eran soles, como el nuestro, pero que estaban muy muy lejos, la sensación fue inequivocamente la de “quiero más”. Comprender, saber, descubrir, entender, son sensaciones que me cautivaron rápidamente. Todo tenía un porqué, y un porqué lógico y comprensible. Y los porqués de aquí estaban siempre relacionados con los de allí. Había un sentido. Se podían predecir las cosas. ¡Se podían deducir! Me encantaba el juego mental al que me sometían a menudo, ese de “y si sabemos que eso es de esta manera por estos motivos, y que eso otro es de esta otra manera por estos otros motivos, entonces la respuesta a tu pregunta es…” y que me dejaran averiguarlo a mi sola. ¡Claro! ¡Lógico! ¡Y lo he descubierto yo sola! La sensación de comprender es tan adictiva y satisfactoria… Y cada respuesta te provoca 10 preguntas mas, y el juego sigue y sigue, y la diversión nunca acaba. Tanto es así que aun sigo jugando. Resultaba que las mismas leyes que regían los átomos se aplicaban a las galaxias, y que las estrellas más lejanas estaban hechas del mismo material del que estoy hecha yo. Demasiado chulo para no engancharse. Y así el comprender, el saber, la razón y el método científico me cautivaron sin remedio.

Tuve la enorme suerte de que en mi casa, a la hora de la cena, se veía la tele. Bueno, no la tele. Se veían documentales científicos y educativos. Aunque fuera un ratito, aunque fuera por trozos, un trocito en la cena de hoy, lo que sigue en la cena de mañana… Cenas llenas de preguntas que siempre (¡siempre!) tenían respuesta lógica. De aquellas cenas de la infancia en pijama y bata a juego con mi hermano pequeño, recuerdo con especial impacto y con muchísimo cariño dos programas cruciales. El primero, si habéis adivinado, Cosmos. No se cuántas veces vimos Cosmos. Docenas de veces. Carl Sagan nos contaba una y otra vez todas esas cosas tan fascinantes de aquella manera tan increíble. A penas alcanzábamos mi hermano y yo a comprender la mayoría, pero daba igual. Aquello molaba, tenía sentido, tenía emoción, tenía poesía. Veíamos la serie entera a trozos de duración, pues lo que durara una cena de dos niños, y tras algún tiempo después de ver la serie completa ya estábamos pidiéndola de nuevo. (Aún hoy seguimos viendo Cosmos en casa al menos una vez al año.) Y entre Cosmos y Cosmos recuerdo que veíamos la colección de documentales de Jaques Cousteau, de animales del National Geographic, Erase una vez el Hombre, Erase una vez la vida… Y la otra de mis joyas científicas de la infancia: Los Sabios. Aquella serie de dibujos japoneses en la que M.I.M. (Mi Inteligente Muñeco), el Espíritu de la Ciencia, nos iba contando en cada episodio un descubrimiento, una invención, o la vida de algún científico ilustre. La serie empezaba antes de que nosotros llegáramos del colegio, así que mi madre nos lo grababa en aquel estupendo vídeo beta y así podíamos verlo después. Una y mil veces. Las pobres cintas (cinco en total rotuladas con la elegante letra redondeada de mi madre en tinta roja), estaban ya agotadas de tanto visualizarse. Yo sabía quienes eran Galileo, Fleming, Pasteur, Edison, Darwin, Fabre, Morse o Wegener mucho antes de que nos lo contaran en el cole. “Ya está la lista que todo se lo sabe”, esa era yo. Yo de mayor no quería ser princesa, ni bailarina. ¡Yo quería ser científica! Mi hermano y yo le guardamos tal cariño y gratitud a aquella serie infantil de divulgación que hace no mucho, ante la posibilidad de que un buen día las viejas cintas se estropearan del todo, o que nos quedáramos sin aparato donde reproducirlas, decidimos intentar conservarlas. Mi querido hermano y sus mañas informáticas se las apañaron para conectar el viejo vídeo beta a su ordenador y digitalizar aquel material para poderlo así conservar en DVD. Y como era imposible encontrar nada de esta serie en internet, pensé que merecía la pena compartirlo en la red, y creé este canal de youtube exclusivamente para la serie Los Sabios.

En casa nos decían una y mil veces, grabada la tengo a fuego, la frase “todo está en los libros”.  Y fui creciendo, y mi curiosidad seguía intacta. Así que cuando empecé a tener edad lectora, a por los libros me fui. En casa había muchos libros científicos y mucha divulgación. Allí estaba la pequeña colección de libros de bolsillo de Isaac Asimov que mi madre guardaba desde soltera. La mayoría eran sobre historia, pero había unos cuantos sobre ciencia. Fue de lo primero que me lancé a leer, y así descubrí a mi gran maestro Isaac Asimov. Los devoré todos. Asimov tiene esa fantástica manera de escribir, cercana y ágil, en la que a menudo hasta te hace reír. Y sobretodo en la que el juego de descubrir no cesa. Asimov no te cuenta simplemente cómo son las cosas, no. Te cuenta, poco a poco, cómo las cosas comenzaron a descubrirse, lo que observaba y veía el científico que tocara, las dudas que le asaltaban, las deducciones correctas y erróneas que hacía, y te deja poco a poco que tú mismo deduzcas la respuesta correcta justo antes de desvelártela. Es simplemente delicioso. Son imprescindibles sus clásicos en divulgación, como “El Universo” o su “Introducción a la Ciencia”, obras maestras de la divulgación. O sus pequeños monográficos sobre la Luna, sobre la historia del telescopio, sobre la fotosíntesis… (mi favorito es “Breve historia de la química”) Pero tengo especial cariño por sus recopilaciones de artículos científicos. ¡Tiene miles! Hay muchos libros de divulgación de Asimov que son colecciones de los artículos que escribía sin descanso para revistas científicas. En cuanto empecé a tener cierto poder adquisitivo, empecé a comprármelos todos. Pero para mi sorpresa, la gran mayoría están ya descatalogados. Mi cruzada fue entonces conseguirlos de segunda mano. Siempre acababa consiguiendo alguno cuya existencia desconocía. Y cuando pensé que ya sería difícil encontrar ninguno más, resulta que alguien que me quiere mucho, y que lejos de sentir celos por este amor que siento, se ha dejado gustosamente contagiar por él, se ha hecho un experto en encontrar en los rincones más remotos de España más y más libros de segunda mano de divulgación de Asimov que me va regalando por navidad o por mi cumpleaños cada año. Gracias a él mi colección se ha duplicado y aún tengo muchos por leer (¡qué maravilla!). Seguramente no exagero mucho si digo que debo tener una de las colecciones más completas de libros de divulgación científica de Isaac Asimov en castellano. Siempre llevo uno en el bolso (en este momento un ejemplar de 1966 de “Breve historia de la biología”).

Y crecí, y los tiempos se volvieron difíciles. Pero tanto entonces como ahora, por cursi que pueda sonar, la ciencia era mi salvavidas en los malos momentos. En ella me refugiaba. Con ella todo tenía sentido. Con ella siempre avanzaba, y siempre había más y más. Por circunstancias de la vida no pude estudiar una carrera científica y hacer de la ciencia mi profesión. Un buen amigo científico, a quien considero mi bioquímico personal, me dijo una vez “Te envidio. A ti, que no te dedicas a la ciencia, la ciencia nunca podrá defraudarte. Para ti es una amiga que siempre está ahí, para mí es mi mujer y mi jefe, y me da tantas alegrías como tormentos“. Y creo que tiene razón. No dedicarme profesionalmente a la ciencia me permite disfrutarla sin sufrirla, aunque envidie sanamente a mi bioquímico por lo mucho que él sabe y que yo aún no sé. No conseguí dedicarme a la ciencia, pero no la he abandonado jamás. Mi amor por ella sigue fuerte y robusto. Me sigue emocionando, inspirando, salvando, estremeciendo. Y como cuando se está enamorado, siempre he querido compartirlo. Mi sueño pasó a ser el poder divulgar algún día algo, por poco que fuera, de lo que la ciencia me ha dado, con las herramientas que tuviera en mi mano. Y así, gracias a internet y a la buena fortuna, hace pocos años descubrí que no estaba sola. Hay más gente de mi mismo planeta. He dado con gente maravillosa que me está permitiendo poner mi diminuto granito de arena. ¡Qué bien sienta! Tengo la inmensísima suerte de que el blog de divulgación científica Amazings me aceptara sin más en sus filas (¡estos locos no saben lo que hacen!). Fruto de mi amor por la ciencia son mi escepticismo y mi ateismo. Y de nuevo gracias a internet y a toda esta buena gente que he ido conociendo, también formo parte con humildad y orgullo, de Escéptica, el Círculo Escéptico, los chicos de la Tetera… Me siento tremendamente afortunada.
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Así que no, no me dedico a la ciencia profesionalmente. Pero sí, soy científica. De mente y de corazón. Que no le quepa duda a nadie. La ciencia siempre va conmigo, como celebré hace unos años tatuándomela en la piel. No sé, ni mucho menos, toda la ciencia que me gustaría, pero estoy en ello. Y siempre seguiré tratando de compartir este amor que siento por la ciencia y de transmitírsela a los demás.
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Estas líneas están dedicadas a mi madre Gaudi y a mi hermano Carlos. Os quiero.
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Nacido el 29 de febrero

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Infografista de profesión, escéptica de mente y científica de corazón. Estudié arquitectura pero el 3D y el diseño audiovisual me enamoraron rápidamente. ¿Mis pasiones? La ciencia, el cine y los zapatos de tacón. Pero ante todo la ciencia. En estos años de profesión he trabajado en diseño, animación 3D para cine, TV, publicidad... y he colaborado en cualquier proyecto o idea que me permitiera divulgar. Creadora de las iniciativas “Atheist World” y "Creareify", coordinadora de la Asociación de Ateos Españoles (A.A.E.), colaboradora de Amazins.es y miembro del Círculo Escéptico.

10 Comments

  1. March 1, 2012 at 12:33 pm —

    Gracias por esta entrada y por ese canal de youtube XD era una de esas series que siempre he pensado que, si tengo hijos, me gustaría que la vieran.

    Me ha encantado la frase “Demasiado chulo para no engancharse”. Ya te digo!

  2. March 1, 2012 at 1:02 pm —

    Mi amor por la ciencia empezó de modo parecido, con una enciclopedia de fauna y El Hombre y la Tierra. Luego vendría Cosmos, en su primera emisión, y dos series documentales increíbles, La Aventura de las Plantas y Biología con David Bellamy. Pero el espaldarazo final fue descubrir los libros de Stephen Gould y Dawkins. Desde entonces ya no es amor: es adicción, NECESITO saber.

    Y lo más maravilloso es que, como dices, cada respuesta abre nuevas preguntas. En vez de agotarse la droga del conocimiento se hace más y más deliciosa.

  3. March 1, 2012 at 3:53 pm —

    Nunca has estado sola en ese planeta 😉

  4. March 1, 2012 at 7:39 pm —

    Inspiradas y hermosas palabras. Yo también recuerdo y venero al gran Carl Sagan y su serie Cosmos. Tenía por aquel entonces un grabador de cassette (de audio, nada de vídeo), y lo ponía pegado a la tele, para luego escuchar las cintas. El sentido de asombro y maravilla que experimentaba en aquellos lejanos años aún perdura… es un amor que los que no conocen a la Ciencia no pueden entender. Y duele ver cómo las sombrías predicciones de Carl en “El mundo y sus demonios” se han ido cumpliendo inexorablemente, en un mundo donde la educación científica brilla por su ausencia y en cambio la irracionalidad y la pseudociencia campan a sus anchas.

  5. March 2, 2012 at 1:31 pm —

    Quedé enamorado de tu enamoramiento. Mientras leía tu blog me parecía escuchar la música de fondo de Cosmos (de Vangelis)que mis hijos, niños entonces, jamás olvidaron.
    Gracias por tus palabras.

  6. […] Creareify en un artículo […]

  7. June 25, 2012 at 11:30 am —

    […] ciencia enamora por miles de razones. Es una pena que no hayan sabido aprovechar la oportunidad de enseñarlas, y se hayan conformado […]

  8. November 9, 2012 at 10:02 am —

    […] favorito de El mundo y sus Demonios, y renovare mi entusiasmo por seguir divulgando ciencia y mi amor por ella. En su honor trataré de entusiasmar a alguien como él me entusiasmo a […]

  9. […] originalmente publicado en Esceptica.org Visita Esceptica.org para leer más artículos interesantes. Share this:TwitterFacebookLike […]

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