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No, no fue un simulacro del fin del mundo

Yo no soy de las que se asusta fácilmente con los terremotos. Crecí con ellos. Y no sólo como cualquier otro habitante de zona sísmica, sino que los terremotos eran, por decirlo de alguna manera, el negocio familiar.

En casa teníamos un sismógrafo, un aparato más o menos del tamaño de una caja de herramientas, que tenía un cilindro y una aguja que se movía constantemente, como un electrocardiograma de la tierra. El sismógrafo vivía en el armario del cuarto de invitados, abajo, donde van los zapatos. No sé dónde ponían los zapatos los invitados. A veces abría el armario solo para verlo, o saltaba junto a él, a ver si registraba el movimiento. El sismógrafo no notaba mi existencia.

Al crecer en zona sísmica te enseñan qué hacer en caso de terremoto: protegerse abajo del escritorio, buscar el marco de una puerta, ir a espacios abiertos. Mis hermanos y yo, además, aprendimos desde muy pequeños sobre fallas y placas tectónicas y que es imposible predecir un terremoto, por más que la gente se empeñe.

También aprendí a que no hay que ocupar las líneas de comunicación con llamadas  no urgentes: No, no es indispensable llamar inmediatamente a todos mis primos segundos a que me cuenten cómo les fue de temblor.

Ayer me enteré por Twitter que había habido un terremoto fuerte en México a los pocos minutos de  que sucediera. Todavía ni siquiera lo ponían en los periódicos en línea. Las estimaciones de su magnitud variaban de los 5,6 a los 7,9, pero parecía que había sido serio. Pese a mi mejor juicio, intenté llamar a casa y a móviles de mis familiares. Las líneas telefónicas no servían. Nadie en Twitter estaba reportando daños serios, pero me puse muy nerviosa por no poder llamar a casa. Sabía que las probabilidades estaban muy a favor de que mi parentela estuviera perfectamente y, aún así, estaba ansiosa.

Entonces, empecé a ver este tipo de tuits:

¡Santo remedio! Mi angustia por mi familia se convirtió en desesperación por el futuro de la humanidad. A lo mejor no llegamos al 2013 con tanto subnormal por ahí suelto.

Con lo comunes que son, ¿cómo es que la gente puede creer esas cosas? Hay varios motivos.

Los sismos son un comodín muy útil para los charlatanes. Todos los días la tierra tiembla en algún lugar del mundo. Ayer mismo hubo un terremoto en Indonesia unos minutos antes del que hubo en las costas de Oaxaca. Y no solo ese, ayer hubo muchos terremotos más:

Pueden ver este mapa y la lista de todos los terremotos recientes en el US Geological Suvey:

Los supuestos adivinos dicen una fecha (o mes, o semestre) al azar y se apuntan cualquier movimiento que sea cercano en el tiempo o geográficamente. Es una apuesta muy segura. Si no le atinan, nadie se acuerda, mientras que si, por pura casualidad, hay un terremoto que más o menos encaje con su predicción, ¡listo! Fama instantánea.

Otro problema es la forma en la que se reportan estos acontecimientos. Por ejemplo, CNN Expansión decidió poner el siguiente titular en una nota: “Especialista de la UNAM predijo sismo”. El contenido del artículo es perfectamente razonable: un investigador dijo, en 2010, que hace mucho no hay un movimiento en esa placa y que podría haberlo en el futuro próximo. Claramente, esto no es una predicción de un clarividente, sino una observación científica. Pero al lector de a pie le va a quedar la idea de que la predicción de la fecha de un terremoto es posible. Si yo fuera el investigador en cuestión, ya estaría pidiendo explicaciones al periódico.

A esto hay que sumar el deseo de buscar una explicación a la destrucción los desastres naturales. Algunos creen encontrarla en un mito sobre los mayas y su calendario. Muchos más creen encontrarla en la ira de un dios y no falta el que señala a presuntos culpables de esta supuesta ira divina.

Al final, no puedo juzgar muy duramente a los que abandonan la racionalidad ante un desastre natural si yo misma me dejé llevar momentáneamente por los sentimientos. En el terremoto de 1985 murieron unas 10,000 personas y sigue estando muy presente en la mente de muchísima gente. Lo que sí puedo hacer es juzgar duramente a quienes se aprovechan del miedo de esta gente para sacar beneficio, ya sea este consultas psíquicas, clicks en un artículo, o feligreses.

Los dejo con esta imagen empezó a circular en Facebook menos de una hora después del sismo. Muchísimo antes de que se reestablecieran las líneas telefónicas.

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Daniela

Daniela

Born and raised in Mexico City, Daniela has finally decided to abdicate her post as an armchair skeptic and start doing some skeptical activism. She is currently living in Spain after having lived in the US, Brazil and Italy. You can also find her blogging in Spanish at esceptica.org.

1 Comment

  1. March 21, 2012 at 11:47 am —

    Daniela, nosotras compartimos esa cultura sísmica. Como chilena siempre he estado perticipando en simulacros en la escuela y viviendo temblores y terremotos. Mi primera expreriencia fue el terremoto de 1985, tenía cuatro años, pero recuerdo los minutos que pasé afirmada de un poste frente al departamento donde vivía. Desde esa vez, he vivido incontables sismos, pero no fue hasta febrero de 2010 que volví a vivir un terremoto. Estaba a 500km del epicentro y así y todo es lo más fuerte que he sentido en mi vida, al punto que me costó mantenerme en pie sobre la tierra. Luego vino el tsunami, que por causas que desconozco no afectó mayormente la costa del balneario donde me encontraba veraneando, pero sí a los balnearios aledaños. Y tengo una especie de confesión: cuando me toca vivir un sismo siento una atracción dificil de describir. Cuando estaba parada en el patio de la casa ese verano de 2010 casi no quería que terminara el terremoto por sentir la tierra remecerce bajo mis pies. La casa está sobre una colina frente a la playa y podía ver el mar en una gran panorámica… la idea de ver la ola venir a la ciudad me alucinó, aunque nunca pasó. Es como si me gustara sentir que vivimos sobre una cáscara que se desplaza y saber que para los fenómenos naturales somos completamente indiferentes. Es una mezcla de miedo, vértigo y emoción. 

    "El universo no fue hecho a medida del hombre; tampoco le es hostil: Es indiferente." Carl Sagan.

     

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