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El Mito de los Soldados Luminiscentes

La leyenda

Imagínate que llevas meses en campaña militar, comiendo poco y marchando mucho. Aquí todavía no hay nada de misiles teledirigidos, ni tanques de guerra. Te enfrentas al enemigo en el campo de batalla cuerpo a cuerpo, con toda la tecnología que un mosquete o una bayoneta te pueden brindar. La pelea dura más de día y medio, y termina siendo una carnicería para ambas partes. Tú sufres de múltiples heridas en el cuerpo, incluyendo un enorme boquete en la pierna propinado por un bayonetazo, y yaces en el suelo medio congelado y cubierto de lodo. Frecuentemente pierdes la conciencia, y por lo tanto no estas seguro de cuanto tiempo llevas ahí tirado, pero te da la impresión que esta es la segunda puesta de sol que ves. Haces un intento por revisar tus heridas antes de que desaparezca la luz por completo; no crees que puedas durar mucho tiempo más en estas condiciones. Entras en otro de esos sopores y cuando recobras el conocimiento ya ha anochecido por completo y ves tan solo el cielo estrellado. Instintivamente volteas a ver tu herida y entonces la ves: una tenue luz azul que parece emanar de tu muslo dañando.

¡Joé, vaya alucinación! Ahora sí que debo de estar en las últimas! Te incorporas con esfuerzo y volteas a tu alrededor; el bulto de al lado también está brillando de algunas partes. En realidad, todo el campo de batalla parece estar iluminado por esa mística luz azulosa, como un brillo angelical. Entonces viene la gran epifanía: Dios nos está tratando de transmitir que todo va a estar bien. ¡Aleluya! Unas cuantas horas después llegan los cuerpos de rescate a tu auxilio, y con el transcurso de los días el doctor se asombra por tu rápida recuperación. Sin haber jamás escuchado el término sesgo de confirmación, declaras a los cuatro vientos tu gran teoría: es el brillo de los ángeles que nos curó. ¡Alabado sea el santísimo!

En mi imaginación, un recuento como este, pero con menos “Aleluya, bendito sea el señor” y más “Hallelujah, praise the Lord’, fue pronunciado por un soldado malherido hace unos ciento cincuenta años en Shiloh, Tennessee, dando lugar a la leyenda del brillo de los ángeles. La batalla de Shiloh fue una de las grandes batallas de la Guerra Civil Estadounidense, donde las tropas de la Unión, a cargo del Mayor General Ulyssess S. Grant, incursionaron en territorio Confederado y fueron sorpresivamente atacados por las fuerzas enemigas, al mando de los Generales Albert Sidney Johnston y P.G.T. Beauregard. Al final, el Ejercito de la Unión logró vencer en la batalla, pero las bajas fueron considerables para ambas partes: se calcula que murieron alrededor de 23,700 personas, y más de 16,000 soldados resultaron heridos (aquí ;puedes encontrar una versión detallada de la batalla, en inglés). Y sí, algunos de los sobrevivientes que pasaron un par de días tirados en el lluvioso campo de batalla esperando asistencia médica dijeron haber visto esa misteriosa luz emanando de sus heridas. Más aún, los doctores confirmaron que las heridas de los soldados luminosos parecían sanar mejor, y a la larga tenían mejor tasa de supervivencia que los soldados menos coloridos.

Esta misma historia le contaron en el 2001 a Bill Martin, un chico de diecisiete años que visitaba el sitio de la batalla. En lugar de descartar el cuento como un mito más, el chico le preguntó a su madre, una microbióloga que trabaja con bacterias luminiscentes, si ese brillo podría haber provenido de algún tipo de bacteria. La madre le respondió que por qué no lo investigaba. Así, él y un amigo suyo, Jonathan Curtis, se pusieron a investigar sobre Photorhabdus luminescens y su fiel compinche, el nemátodo terrestre entomopatógeno.

La pareja maravilla

P. luminescens es una bacteria bioluminiscente que vive en el intestino del nématodo antes mencionado. Juntos, infectan a varios tipos de insectos que viven en la tierra, como larvas de mariposas y escarabajos, e incluso grillos y saltamontes adultos. Una vez dentro del insecto, los gusanos liberan a sus amigos en el torrente sanguíneo del insecto, y estos a su vez secretan varios agentes tóxicos, antibióticos y enzimas que matan al insecto, protegen a la bacteria de la competencia de otros microorganismos, y ayudan a descomponer el tejido de su desafortunado anfitrión.

Galleria mellonella infectada con P. luminescens

La pareja se da entonces la buena vida, reproduciéndose (o replicándose) y alimentándose de los restos del animal en descomposición. Eventualmente la fiesta tiene que terminar y todos tenemos que regresar a casa. Así pues, cuando no queda más que el cascarón del insecto invadido, P. luminescens regresa al intestino del nématodo en busca de alguna otra víctima que invadir. Probablemente te estarás preguntando para qué demonios les sirve la luminiscencia. Esto todavía no está muy bien entendido, pero se cree que el brillo del cadáver infestado por la bacteria atrae a otros insectos, facilitando la transición a un nuevo anfitrión. Los nemátodos, y sus pequeños pero letales pasajeros, son tan efectivos, que ha sido utilizados como insecticidas biológicos para controlar insectos perjudiciales y plagas que habitan en el suelo.

La explicación perfectamente razonable

Después de esta pequeña introducción al ciclo de vida de P. luminescens quizá ya te has dado cuenta de qué va la explicación del brillo de los ángeles. Bill y Jon buscaron en los récords históricos de la batalla de Shiloh, confirmando que el clima y las condiciones del suelo eran las apropiadas para albergar al gusano y a sus pasajeros. Ya en el laboratorio, encontraron tres cepas de esta bacteria que producen antibióticos que inhiben el crecimiento de otras bacterias patógenas que podrían haber causado infecciones en las heridas de los soldados. Especularon entonces que los nemátodos y sus bacterias pudieron haber llegado a las heridas de varios soldados tirados en el campo de batalla. El único problema con esta teoría es que sus experimentos señalaban que esta bacteria no puede sobrevivir a la temperatura corporal normal. Sin embargo, hicieron una suposición bastante razonable: la lluvia continúa y la baja temperatura de Tennessee en la noches de primavera muy probablemente causó hipotermia en varios soldados, reduciendo la temperatura de su cuerpo lo suficiente para permitir albergar a la feliz pareja. Una vez ahí, se cree que la bacteria pudo haber producido, además de esa mística lucecita azul, antibióticos que ayudaron a combatir infecciones de otros patógenos. Ya que ninguna de las dos especies son particularmente infecciosas para los humanos, el sistema inmune posteriormente pudo haber combatido con relativa facilidad a estos intrusos. Al fin y al cabo, probablemente aquellos soldados le debieron sus vidas a unos ángeles ligeramente distintos de los que se imaginaban.

¡Aleluya! ¡Bendito seas tú, P. luminescens! ¡Gloria a ti, Nemátodo Entomopatógeno!

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lucy

lucy

Nacida en México, Luciana siempre ha tenido interés por temas científicos, al grado de tener la osadía de navegar el circuito académico durante la última década. Sin visos de lanzar el ancla en un área específica, ha metido mano en temas que van de materiales, a nanotecnología y últimamente en biotecnología. La vida no corre prisa, y entre inmersiones a las obscuras aguas del trabajo experimental, esta rata de laboratorio tratará de subir a la superficie para tomar un poco de oxígeno y perspectiva al escribir para escéptica.

4 Comments

  1. April 12, 2012 at 12:19 pm —

    La hipótesis es interesante. Pero ¿no hay testimonios de otras batallas del mismo fenómeno? Soldados moribundos tras una batalla, con heridas abiertas y en condiciones de hipotermia ha habido a montones durante toda la historia. Si la explicación de P. luminescens es correcta ¿no debería haberse observado en otras batallas? Y si no es el caso, ¿qué diferenciaría Shiloh de otras batallas para que solo se haya observada en esta?

  2. April 12, 2012 at 1:06 pm —

    Realmente interesante, aunque hay un detalle que quede un poco deslucido:
    http://buscon.rae.es/draeI/SrvltGUIBusUsual?TIPO_HTML=2&TIPO_BUS=3&LEMA=balloneta
    Como se dice popularmente, más vale una vez colorado que veinte amarillo.
    Un saludo y gracias por vuestro trabajo de divulgación.

    • April 12, 2012 at 6:19 pm —

      Ja, se me fue con las prisas. ¡Gracias morvran!

  3. April 26, 2012 at 9:39 pm —

    Que no solo pudieron haber sido bichos. En los bosques tambien hay moho luminiscente, troncos y ramas humedas suelen tenerlo. A luz normal se ve una capa blanca, pero en la oscuridad brilla con luz azul fosforescente.
     
     

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