Escepticismo

¡Cuídate del pseudocientífico aficionado!

Escogí desde hace tiempo las conversaciones entre amigos y conocidos como escenario de mi lucha personal contra las supersticiones. Por un lado, creo en la necesidad de hacer valer la importancia del pensamiento científico por encima de cábalas y fanatismos. Por otro, sé que no puedo llegar a tantas personas como quisiera, pero quienes pertenecen a mis círculos cercanos están a mi alcance y puedo intentarlo con más facilidad que si fuera un extraño.

Así que, frente a cualquier discusión relacionada con el tema, aprovecho para exponer mis ideas, que no son otras que las de la ciencia y la razón. Sé que es difícil hacer cambiar las concepciones de los demás, muchas de las cuales vienen arraigadas en su educación, su cultura y su herencia familiar, pero siempre recuerdo que al inteligente se le puede convencer y al tonto se le puede persuadir, como decía la mordaz Germaine de Staël.

Y de tontos e inteligentes están llenas las conversaciones cotidianas, muchas de las cuales invariablemente acaban mencionando cualquiera de las muchas prácticas y productos que las pseudociencias ofrecen con ventajas al alcance de la mano de los más incautos. Hay una gran probabilidad de que entre cualquiera de los presentes en una reunión haya quien use una Power Balance, esté tomando flores de Bach, visite astrólogos o vaya regularmente donde su acupunturista.

Tras un rato de conversación encaminada a desmontar las falacias, explicar el efecto placebo y el proceso del método científico, la validez de la razón frente a las supercherías, y la intención generalmente lucrativa de los engaños, hay una alta probabilidad de toparse con uno de los personajes más peligrosos de toda argumentación: el pseudocientífico aficionado. ¿Lo has visto alguna vez?

Generalmente es alguien que, apoyado por sus lecturas, su peso como profesional de algún ramo, su experiencia o su posición académica, utiliza argumentos falaces para sustentar ciertas actitudes, creencias o prácticas. Es el médico de familia que apoya la homeopatía, el ingeniero que te habla de las energías de los chacras, el filósofo que te justifica las curaciones religiosas o el antropólogo que tuvo un viaje espiritual con el yagé. En su charla suele utilizar todo tipo de falacias argumentativas, relativizaciones y negaciones. El pseudocientífico aficionado citará a Hamlet (“Hay más cosas en el cielo y en la tierra, que todas las que pueda soñar tu filosofía”), repetirá como Ratzinger que “la ciencia no puede explicarlo todo”, después de despreciar la ciencia mencionará oscuros y poco fundamentados estudios científicos, recurrirá a la validez de las antiguas culturas y le pedirá prestada a Einstein su famosa teoría para reducirla a que “todo es relativo”. Utilizará anécdotas de otros y experiencias personales para reforzar sus argumentos y te desafiará personalmente a ti, en nombre de toda la ciencia, a que pruebes que eso que le sucedió y que cambió su vida es falso.

No hay que desfallecer. Entre los dogmáticos, los religiosos, los relativistas, los negacionistas y los “nueva era”, los pseudocientíficos aficionados son los más peligrosos porque utilizan armas parecidas a las del pensamiento crítico, pero viciadas por la falacia. Es como esa etapa del juego en la que tienes que luchar contra el gemelo malvado.

Mi recomendación personal es no perder la calma y recurrir a lo básico, lo que está más a mano para argumentar la validez de lo científico sobre lo demás: todo lo que nos rodea.

Cualquiera que dude del método científico tendrá que dudar también del teléfono que lleva, de la casa donde vive, de la ropa que viste, de la comida que come, del computador que usa y hasta de su peso, su estatura y las gafas que lleva puestas. Hazle a cualquiera esta pregunta: ¿en qué prefieres creer: en el esquema de pensamiento que permite que todo eso exista o en lo que queda por fuera?

Y no esperes respuestas inmediatas. Lo más importante no es vencer sino convencer: cualquier pequeña suspicacia que consigas introducir como fuerte cuña en las creencias de los demás, es útil. Ya lo dijo el gran Carl Sagan: la primera gran virtud del hombre fue la duda (y el primer gran defecto fue la fe).

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Juan Camilo Cano

Juan Camilo Cano

Blogger, periodista, lector, escritor, hablador, friki a medio tiempo (sobre)viviendo en Madrid. Cinismo y escepticismo a la carta.

1 Comment

  1. June 4, 2012 at 7:05 pm —

    “Es que Wilma, tú que estás cercana a la ciencia deberías tener un pensamiento más abierto”: Escuchado en una plática con un amigo que me decía que las hadas y los duendes existen, que también me asegura que los extraterrestres siempre han estado aquí(culpa de History Channel), al que le encanta citar “Que la ciencia no haya comprobado la existencia de algo no significa que no exista”.
    Y creo que es en frases como esa donde se amparan muchos pseudocientíficos para hacerle creer a la gente lo que a ellos les gustaría que fuera verdad. Es cierto que hay infinidad de cosas posibles, pero no todas probables (mucho mejor explicado en este post http://lacienciaysusdemonios.com/2012/05/09/posible-plausible-y-la-tetera-de-russell/).
    Este amigo sigue firme en lo que cree, pero en pláticas con otros amigos, y de otros temas, he tenido algo de éxito, al menos dudaron, lo que ya es un avance.

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