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El sabor de la blasfemia

Lo han oído los ateos. Lo han oído los laicistas. Lo han oído los humanistas y los críticos de la religión en general. Es uno de los grandes hits del siglo. Vamos, cantémoslo juntos. A la una, a las dos y a las…

“¡Atacar al cristianismo es fácil, pero con los musulmanes no te atreves!”

He ahí el resultado de siglos de tradición escolástica, el fruto de largas y eruditas discusiones sobre dialéctica y apologética, el destilado de tomos y más tomos de razón tomista: “Si no fuera tan civilizado, te mataría”. El motivo por el que la mayoría de los ataques contra la religión se centran en la fe cristiana es su docilidad, y no, como podría pensarse, su desmesurado poder político, económico y social, ni mucho menos la manera en que lo usa. Somos unos abusones que nos aprovechamos de un blanco fácil e indefenso. De buena gana nos darían ellos una lección de tolerancia si su don de gentes no les impidiera degollarnos como harían esos bárbaros del desierto.

A esta actitud se la suele llamar “envidia de la fatwa”. Este nombre, sin embargo, no es del todo exacto. En primer lugar, no toda fatwa (o fetua) implica una sentencia de muerte. En segundo lugar, muchos casos de violencia islamista no se fundan en fatwa alguna. Tal es el caso, por ejemplo, del asesinato de Theo Van Gogh en Holanda, o de las amenazas, hace un par de años, a los realizadores de South Park por incluir a Mahoma como personaje en un episodio. Este último caso motivó a la dibujante Molly Norris a crear el Día de Dibujar a Mahoma como protesta a la censura. Tampoco hubo una fatwa detrás del acoso que obligó a Norris, poco después, a renegar de su propia idea y desaparecer, temerosa de su seguridad.

Y la tercera razón por la que el término “envidia de la fatwa” es inadecuado es que en más de una ocasión no queda todo en simple envidia. Tal vez los ofendidísimos cristianos no lleven cimitarras, pero parecen no tener ninguna compunción en usar martillos y destonilladores para destruir propiedad ajena.

Es cierto, sin embargo, que no han matado a nadie. Al menos últimamente. Incluso casos de vandalismo como el que acabo de referir parecen ser más la excepción que la regla. A fin de cuentas, ¿no tienen, como ya he dicho, un desmesurado poder político, económico y social? ¿Para qué mancharse las manos cuando los jueces y legisladores pueden hacer el trabajo sucio?

“¡Te metes con los cristianos porque sabes que no tes vamos a hacer nada! Salvo influir sobre las autoridades para que prohíban y castiguen lo que estás haciendo.”

Basta con leer las noticias de la semana para encontrar ejemplos. Sanal Edamaruku, presidente de la Asociación Racionalista India, podría ir a la cárcel sin fianza. Su crimen: refutar un supuesto milagro.

Esto no es patrimonio exclusivo de países supersticiosos de Asia; también sucede en países supersticiosos de Europa. En España no hay penas de cárcel para los impíos, pero el artículo 525 del Código Penal castiga con fuertes multas a quien ose herir los sentimientos religiosos de alguien. Y, en un despistado intento de emparejar los tantos, tipifica también como delito ofender a quienes no profesan ninguna religión. ¿Adivina usted cuántos ateos y laicistas han usado esta disposición contra señores ensotanados de lengua suelta? Pista: la respuesta es igual al número de deidades de existencia comprobable. Pues ateos y laicistas reconocen esta ley como lo que es: un arma de censura.

También los mansos bienaventurados, los pacificadores, los ponedores profesionales de la otra mejilla, la reconocen como un arma de censura. Y se regocijan ante cada oportunidad de apretar el gatillo.

Y el disparo más reciente y publicitado tenía que venir de una asociación cuyo nombre sintetiza la idea que la iglesia católica tiene de tolerancia religiosa. Tomás Moro, recordemos, es celebrado como un mártir que fue perseguido, encarcelado y ejecutado por su fe, obviando siempre el incómodo dato de que él mismo persiguió, encarceló y ejecutó a varios por la suya. Y este centro jurídico que homenajea su memoria ha logrado llevar a los tribunales al artista Javier Krahe y la productora televisiva Montserrat Fernández. ¿Por qué? Por esto:

Esta peliculilla intrascendente, que Krahe filmó hace más de treinta años, fue usada hace ocho en un programa de televisión sobre su carrera. Podría haber sido olvidada minutos después, pero el Centro Jurídico Tomás Moro se ha asegurado de que ningún cristiano de bien deje de verla y sentirse agraviado.

Así es que Krahe y Fernández esperan hoy sentencia. Por blasfemar. En Europa. En el siglo XXI.

Es posible que ambos sean absueltos. Es posible que no. Pero aun un fallo absolutorio no cambiará que estas dos personas han sido sometidas a juicio por blasfemar.

En Europa.

En el siglo XXI.

Las posibles repercusiones exceden este caso en particular. Los impulsores de este mamarracho judicial han manifestado su propósito de que quede sentada jurisprudencia. El fin está claro: quieren generar miedo. Miedo a ser arrastrado a un tribunal si se hace o se dice algo molesto. Miedo a disentir. Miedo a abrir la boca.

El temor a las llamas del Infierno ya no funciona, de modo que necesitan amenazas más concretas. Sólo así pueden obtener el preciado silencio de quienes no les rinden pleitesía, al que suelen referirse con el eufemismo “respeto”.

No sé usted, pero yo no tengo miedo.

Claro, para mí es fácil: yo no vivo en España. Este disparate legal no tiene poder sobre mí.

Pero sí son españoles muchos de los que se han unido a la iniciativa Cook Jesus Day. Al momento de escribir esto ya hay ciento sesenta personas de muchos países que el próximo 29 de junio sazonaremos, adobaremos, herviremos y asaremos al personaje mitológico más popular de Occidente.

¿Por qué? Por el motivo más inmaduro y a la vez más anti-autoritario que existe: porque podemos.

Porque es una manera de protestar contra toda imposición religiosa en la ley civil. Porque no hay nada más tóxico para la solemnidad eclesiástica que la irreverencia y el sentido del humor.

¿Necesita un mejor motivo? Porque lo auspicia La pulga snob. (Ejem…)

¿Hace falta decir más? Pues póngase usted su solideo de cocina, anúdese a modo de delantal ese sudario manchado de salsa, y vaya planificando ese plato que hará que todos nos chupemos los estigmas. Únase a la página de Facebook o tuitee con el hashtag #CookJesusDay. Y el 29 de junio (¡viernes, por supuesto!) nos hartaremos de comer a Cristo en presentaciones mucho más dignas de la divinidad que esas sosas galletitas que ofrecen en las iglesias. ¡A cocinar se ha dicho!

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Fugaces 08/06/12

Andrés

Andrés

Espécimen de Homo sapiens nacido en la Argentina del siglo XX. Bohemio de oficina, procrastinador multidisciplinario, autodidacta inconstante, cultor del nomadismo de sillón. En lo que encuentra un lugar cómodo donde la sociedad tenga a bien encasillarlo, se entretiene con cosas que se parecen un poco a la informática, a las artes y al humor.

2 Comments

  1. […] la que está el Centro Jurídico Tomás Moro, tristemente famoso por su demanda contra Krahe por cocinar un cristo). Como cada familia está compuesta por un hombre y una mujer (sic, otro tipo de familia no es […]

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