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Amores del corazón y cerebros musculosos

¡Ay el corazón! Ese órgano correoso, musculoso y asimétrico, cuya función puede simplificarse con un gesto de la mano, entreabriendo y cerrando el puño rítmicamente. Todas sus células trabajando al unísono como una sola, tan íntimas, tan rojas. Curiosamente el corazón es el más carismático de nuestros órganos desde que la humanidad tomó conciencia de sí misma.

¡Ay, el cerebro! Ese órgano viscoso, frágil y simétrico. Tan complejo que no se ve cuándo terminaremos  siquiera de entenderlo. Con células conectándose y desconectándose, cayendo hacia el olvido o reviviendo, dando órdenes y recibiendo boletines; tan largas, tan cortas, tan locas.

No se podría escoger órganos más dispares, ni más necesarios. Por ahí dicen que con el corazón se siente y que el cerebro es como un músculo que hay que ejercitar. En todos estos siglos se nos ha dado por adjudicarles facultades erróneas a su naturaleza. Desde chicos se nos enseña a divorciar las emociones de la razón, y entonces es tan lógico para nosotros aceptar que provengan de órganos diferentes.

En la cultura tradicional china, se tiene y tuvo una visión del corazón, literal y metafóricamente como órgano central del cuerpo, el que tiene autoridad sobre los demás. Como centro de emociones, pensamiento, razonamiento e incluso responsable de la conciencia moral. Aristóteles también consideró al cerebro como el órgano más importante, la cuna de la inteligencia, el movimiento, las sensaciones y origen de los nervios. Los órganos vecinos, como los pulmones, sólo existían para mantenerlo fresco. En cambio, Hipócrates había afirmado que el cerebro era el encargado de la inteligencia y que estaba relacionado con las emociones. Platón pensaba que era el lugar del proceso mental. Más de dos siglos después, Galeno consideró al corazón como el órgano más cercano al alma, aunque después lo relegó al segundo lugar, debajo del hígado, el cual era el encargado de producir los “humores” que definían las emociones y la personalidad.

Los escritos científicos y filosóficos de Aristóteles comenzaron a cobrar importancia en el Islam y la Europa Medieval y los médicos se dividieron entre las posturas de Aristóteles y de Galeno (¿E Hipócrates? Bien, gracias).

Estos conceptos no se cambiaron hasta que el médico William Harvey publicó su ” Exercitatio Anatomica de Motu Cordis et Sanguinis in Animalibus (un estudio anatómico sobre la moción del corazón y de la sangre de los animales)  donde aplicando el método científico, presentó la teoría de que la sangre era bombeada  por el corazón alrededor del cuerpo en un sistema circulatorio. Aún así nunca discutió la interpretación metafísica del corazón.

El amor cortés del siglo XVIII (y sigue vigente), tomó al corazón como bandera y se explotaron las nociones antiguas del corazón vulnerable al amor, al cual, cualquier daño sería irreparable. Las nociones del corazón “afligido”, “enfermo”, “roto” con significados sutilmente diferentes, definen  estados del desencanto amoroso. Corazón helado, de piedra, puñalada en el corazón, carecer de, estrujarlo, arrancarlo, amar con todo el corazón… La lista es larga. No creo vivir tanto para escuchar estas mismas frases pero referidas al cerebro, y si uno intenta hacer el trueque, se escucha horriblemente pretencioso. ¿Vale la pena luchar con estos conceptos tan antiguos, tan arraigados?

El problema es que el tema no está exento a las seudociencias, la famosa frenología, las nociones del corazón como órgano central aún vigentes en la medicina china alternativa (léase acupuntura),  la estafa de la aromaterapia que habla de “la inteligencia del corazón” mientras te vende aceites terapéuticos  y demás patrañas new age que afirman que el corazón es como un cerebro, pero a su manera.

No podemos vivir sin corazón, pero no tiene sentido hacerlo sin cerebro. Podemos cambiar el primero, y si logramos trasplantar el segundo a un cuerpo ajeno, ese momento marcará un hito en la historia de la humanidad. El cerebro tiene las de perder, cuando nos emocionamos o nos asustamos lo sentimos directo en el corazón. En cambio, el cerebro es la gran paradoja del sistema nervioso, el cual, capaz de recibir las sensaciones y estímulos de todo el cuerpo, es incapaz de sentirse a sí mismo.

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ileana

ileana

Bióloga, mexicana y amante de los roedores. Tiene un inusual interés por las artes plásticas y el origami. Sigue estudiando para convertirse en investigadora, pero últimamente se le ha metido el gusanillo de la divulgación científica.

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