Escepticismo

La falacia del buen salvaje

Un amigo me decía el otro día que no deberíamos proporcionar medicina alópata ni menos instruir en ella a culturas ajenas al mundo globalizado. Su argumento era que la realidad en que viven prescinde perfectamente de este conocimiento, y no solo eso, sino que sus propios conocimientos respecto del mundo son más adecuados y mejores para vivir en su particular realidad.

Yo me quedé pensando en esto de “las realidades”.

Es verdaderamente fascinante intentar imaginar una cultura completamente desconocida. A veces pienso en esas pocas tribus aún no contactadas que viven en lo más recóndito del Amazonas. ¿Cómo es la existencia de esas personas? ¿Qué conocimiento del mundo tienen? ¿Han desarrollado un método para ampliar su conocimiento de la realidad? ¿En qué creen? Me pregunto si dentro de estas herméticas sociedades pueden surgir librepensadores o si sus inquietudes intelectuales son sofocadas tempranamente por esa realidad tan redonda y coherente. ¿Es posible que la mente humana pueda superar la tradición y cosmogonía en una sociedad tan aislada y observar su propia existencia desde el extrañamiento?

Volviendo a la conversación con mi amigo, recuerdo haberle retrucado que si estas personas tuvieran acceso a la medicina que él y yo conocemos podrían disminuir objetivamente el sufrimiento y aumentar sus espectativas de vida. El me contestó que cuál sería el punto de hacer eso.

Hace no muchos años yo solía pensar que todo el conocimiento era subjetivo y que si un grupo humano sostenía ciertas creencias y tradiciones yo no era nadie para criticarlas por muy injustas o equivocadas que me parecieran. Hoy he cambiado de parecer.

Que en una población humana las mujeres mueran por complicaciones en el parto o que los niños no alcancen el año de vida por afecciones completamente evitables no me parece “parte de la cultura” de nadie. Cuando le dije esto a mi amigo el me respondió que ese tipo de mortalidad y baja esperanza de vida mantienen el balance de las poblaciones en ecosistemas frágiles y acotados. Quedé perpleja al observar cómo una persona con acceso a todas las comodidades y garantías que brinda la ciencia declaraba algo como eso. Me pareció estar escuchando a alguien refiriéndose a una población de ratones.

Yo considero a la Humanidad como un solo grupo. Y este grupo lleva milenios tratando de entender la realidad y de lidiar con las amenazas que nos presenta la naturaleza. Las sociedades sin conocimiento científico hacen sus propios intentos por conseguir lo mismo que nosotros: sobrevivir y prosperar. La evidencia nos demuestra que hay maneras más efectivas que otras para lograrlo en este incómodo momento entre el nacimiento y la muerte llamado Vida. Ejemplos clarísimos son el descubrimiento de los patógenos, los antibióticos y las vacunas. ¿Y qué me dicen de las libertades personales? ¿Por qué un ser humano no puede acceder a ellas solo por haber nacido en una tribu escondida donde no se conciben esas cosas llamadas derechos? ¿Por qué toleramos que en estos grupos las mujeres sean tratadas como bienes transables y no lo aceptamos en los nuestros? Conceptos como sufrimiento y felicidad parecen haber sido declarados completamente relativos y subjetivos.

La tolerancia acrítica hacia las culturas ajenas esconde un grado importante de falta de empatía. También de cierto romanticismo. Muchos me dicen que me creo superior por querer llevar el conocimiento científico a lugares donde no se ha desarrollado. Yo digo que los que se creen superiores son los que tratan a estos grupos humanos como a hermanos menores a los que debemos proteger de nosotros mismos y mantenerlos privados de conocimiento objetivo sobre la realidad. Para mi, todos los seres humanos son mis iguales y quisiera compartir con todos las buenas ideas y descubrimientos que nuestros pares nos han legado.

De todas formas, cuando pienso en la disyuntiva de contactar o no a tribus aisladas no logro llegar a una conclusión. Quizás el precio por acceder a la medicina moderna sea demasiado alto: la destrucción de una cultura. Pero de nuevo ¿Quiénes somos nosotros para ocultar información a nuestros compañeros humanos? ¿Qué nos da la facultad de decidir qué pueden y qué no conocer? ¿Evitar los vicios que traería la occidentalización a estos grupos acaso? ¿No estamos aquí frente a una falsa dicotomía? ¿No estamos también frente a la falacia del buen salvaje?

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Fugaces 10/09/12

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Ganas de sexo

Lulú

Escéptica gracias a Google, pasó su infancia discutiendo con sus profesores de Historia y Religión. Ahora que encontró amigos de su misma especie, dedica sus horas libres al activismo escéptico y a discutir con profesores de Historía y Religión (cuando no está perdiendo el tiempo en google)

5 Comments

  1. September 11, 2012 at 3:42 pm —

    Respecto a este tema me parece bastante interesante lo que propone Sam Harris en su libro The Moral Landscape. La ciencia tiene la particularidad de ser universal, Las leyes de Newton aplican por igual acá y en el otro lado del mundo. Lo que propone Harris es que el concepto de bienestar no es algo subjetivo, sino que es posible establecer estándares objetivos que permitan medir el nivel de bienestar de una sociedad o persona, estándares que al igual que las leyes de la física aplican para cualquier persona en cualquier lugar del mundo.
    Desde esa perspectiva negar a una persona el acceso a condiciones que garanticen su bienestar excusándose en un respeto malentendido por cuestiones culturales debería ser considerado prácticamente un crimen.

    • September 11, 2012 at 6:45 pm —

      Buenísimo libro. Por fin alguien se atreve a exponer que la ciencia sí puede tener algo que decir respecto a la moral.

  2. September 11, 2012 at 7:16 pm —

    A mí eso de que el precio de la ciencia sea la pérdida de una cultura me parece muy extremo. Además, de entrada yo parto de la perspectiva de que los bienes culturales que sobreviven son aquellos a los que la gente les tiene aprecio. Por tanto, las diferentes cocinas regionales sobreviven décadas en ambientes lejanos, pero cosas como la discriminación sexual se desmorona en ambientes más orientados a la protección de los derechos humanos. Sobrevivirá lo que valga la pena para ellos. Además, sobrevivirán ellos en vez de morir de disentería…

  3. September 11, 2012 at 8:44 pm —

    Para mí el mito del buen salvaje es producto de (1) los remordimientos por todas las brutalidades perpetradas durante el colonialismo (y que todavía se producen, por desgracia); (2) el deseo de que sigan existiendo lugares alejados de la civilización a los que podamos ir para desestresarnos, como si fueran un parque temático; y (3) el relativismo postmoderno que intenta justificar y legitimizar conductas claramente inaceptables (para esto último no hace falta irse al Mato Grosso…).
    La ciencia, que por definición es objetiva, debería ser capaz de llevar el progreso (en el sentido de mejora de la calidad de vida) a cualquier rincón. Luego ellos podrán elegir hasta que punto se fusionan con el resto del mundo o no. Pero no creo que una cultura vaya a “desaparecer” como tal, sino que evolucionará (para entenderlo así, imprescindible recuperar el concepto de “sistemas adaptativos” de Murray Gell-mann en “El quark y el jaguar”).

  4. September 12, 2012 at 4:22 am —

    Me cuestiono la ética de mantener culturas (en un afán culposo y postcolonialista), como quien quiere mantener una obra de arte, cuando estamos hablando de personas, tan capaces de sufrir, enfermar y temer como cualquiera de [email protected], e igualmente dignas de instruirse sobre el mundo.

    “Ay, no les digamos que enterrar niños albinos es una superstición, para que no se pierda su bella cultura.”

    Cuando la cultura se transforma en sujeto de derecho, los derechos pierden su significado. [email protected] critican la arrogancia de quienes pensamos que es mejor llevarles conocimientos y técnicas (que destruirían su cultura), cuando son [email protected] los que se consideran mejor “preparados” para soportar estos pesados conocimientos, esta pesada medicina, y consideran que “nuestras” mujeres están más preparadas para hacerse cargo de sus propias libertades. Es una tremenda arrogancia y repugnante condescendencia (además de una casi psicópata carencia de empatía).

    [email protected] se entretienen observando sus vidas paleolíticas en el Discovery Channel. [email protected] ni siquiera eso.

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