Medicina alternativa

Ganas de sexo

El sexo nos atrae. Nos atrae mucho. La actitud ambivalente que va de lo deseado y lo prohibido, predominante en muchas de las sociedades tradicionales y en la mayoría de las sociedades modernas frente al sexo, lo convierte en un poderoso imán de nuestra atención.

Hoy en día, la llamada sexual nos la tragamos en todos los vehículos culturales posibles, desde la omnipresente publicidad hasta la literatura moderna, pasando por el cine, la televisión, la música, las películas o incluso la gastronomía, pero todavía con las cargas negativas y positivas implícitas: debes tenerlo pero no puedes tenerlo. Por eso no es de extrañar que, desde el misterio y la excitación que siguen prevaleciendo, el sexo haya sido constantemente uno de los objetivos de magias y pseudociencias para atraer incautos y aprovecharse de mentes débiles. Mientras se siga tratando el sexo como un misterio, es inevitable que suceda.

En ese enorme espacio de tiempo que llamamos “el pasado” se especulaba de infinitas maneras con menjurjes, pócimas, encantamientos, sortilegios y rituales para conseguir miembros más enhiestos y vientres más lúbricos. Preparados que hoy conocemos con el nombre de afrodisíacos, en honor a la diosa griega del amor, Afrodita. La denominación no es sólo etimológica: los hieródulos, siervos y siervas esclavos del culto a la diosa, que ejercían una especie de prostitución religiosa en los templos, solían beber pócimas para entrar en un trance místico de comunión sexual con la divinidad.

Antes que ellas, los egipcios ya habían documentado algunos alimentos que estimulaban el sexo, y contribuían a mejorar la fertilidad como la como la miel de abejas. Los hebreos conocían las propiedades de la raíz de la mandrágora para el sexo, como aparece en una conversación entre Raquel y Lía, que eran hermanas y esposas de Jacob (cosas de la religión). En el Génesis 30:15 Raquel, que no puede tener hijos, le pide un poco de mandrágora a Lía a cambio de su noche con el polígamo padre del pueblo de Israel.

Esa misma mandrágora sería utilizada durante siglos con fines sexuales gracias las propiedades psicoactivas de los alcaloides que contiene. En algunos ritos paganos las mujeres untaban la sustancia en trozos de madera, para introducirlos en la vagina. La atropina y la escopolamina de la mandrágora se absorbían a través de las mucosas, provocando alucinaciones. Se cree que de ahí viene el mito de las escobas voladoras y las brujas.

Alejandro Magno en su periplo conquistador por Asia conoció las virtudes del hachís, que ya había mencionado Herodoto, entre las cortesanas persas. Tras su muerte, Alejandro fue enterrado en un mausoleo conocido como Soma, que es también el nombre de una droga alucinógena hindú, compuesta por una mezcla de cannabis, miel, loto azul y otras plantas, y que se usaba para incrementar la virilidad de los guerreros. Aldous Huxley le puso el mismo nombre a la sustancia que toman los personajes de Un Mundo Feliz.

Durante el siglo XVIII se hicieron famosas en Europa las “pastillas de Richelieu”, fabricadas con el extracto de mosca española, también conocida como “cantárida”. Los romanos conocían el polvo de cantaridina, que producía un efecto irritante en la piel, pero al que se le atribuían propiedades afrodisíacas al ingerirlo (Roal Dalh relata con mucho humor las peripecias de su ficticio tío Oswald con esta droga en el libro homónimo).

Los chinos han usado la raíz del ginseng en su medicina tradicional, y por lo menos en esto han acertado, pues muchas de sus propiedades benéficas todavía se están estudiando, incluso aquellas que reducen la disfunción eréctil. El Epimedium, o Hierba del Macho Cabrío, también originaria de la China, se considera un poderoso afrodisíaco y contiene compuestos similares a los que usa el Viagra como la Icariina, que también son objeto de estudio.

La magia simpática, esa que cree que lo similar produce lo similar, hizo su agosto con los afrodisíacos. Todo aquello que se  parece a los órganos reproductores en la naturaleza ha sido usado en un momento u otro para conseguir mejorar el desempeño sexual de los hombres y procurar más placer a las mujeres. Desde el polvo de cuerno de rinoceronte hasta los testículos de león, pasando por las frutas y vegetales con formas alargadas como el plátano y el pepino, hasta los moluscos bivalvos como la almeja y los mejillones. Sobran las explicaciones.

Por último, quedan las terapias pseudocientíficas destinadas a la mente y las “energías”, que provienen de creencias tan antiguas como los chacras indios o que son relativamente recientes como el reiki, la homeopatía, las terapias hipnóticas o el psicoanálisis. Por supuesto, no tienen ningún efecto comprobado.

¿Qué funciona y qué no entre tanto afrodisíaco? Realmente, casi nada. Y lo poco que funciona es bastante limitado. Con siglos a sus espaldas, la humanidad ha recibido el efecto placebo de miles de sustancias que ha probado, ha conseguido encontrar algunas que actúan favoreciendo que el cuerpo esté más dispuesto a la actividad sexual, y han experimentado con diversas drogas que relajan las barreras sociales que nos impiden disfrutar del sexo.

El verdadero secreto sigue guardado en el complejo funcionamiento del órgano sexual más grande y poderoso que tiene el ser humano: su cerebro. La química moderna ha mejorado las antiguas pruebas de ensayo y error, y nos ha regalado sustancias que actúan directamente sobre las neuronas para promover y mejorar la respuesta sexual y estimular el deseo. Aún así, no son más que pálidos reflejos de lo que sucede de forma natural en ese complejo juego que es el sexo.

Por mi parte, y parafraseando a Henry Miller, sigo creyendo que antes de usar medicinas, placebos o alcaloides, el mejor afrodisíaco sigue siendo la inteligencia.

 

La imagen japonesa es un shunga de Ike No Taiga.

La pintura erótica de la vasija griega viene de aquí.

La imagen del Kama Sutra está en la Wikipedia.

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Juan Camilo Cano

Juan Camilo Cano

Blogger, periodista, lector, escritor, hablador, friki a medio tiempo (sobre)viviendo en Madrid. Cinismo y escepticismo a la carta.

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