España

Mi abuelo y los hombres alados de la luna

Mi abuelo siempre ha sido un gran aficionado de la ciencia ficción. Lo recuerdo llevándome de la mano al cine cuando era pequeño, y sentándose en su mecedora frente a un enorme televisor en blanco y negro mientras yo me acomodaba con un cojín a sus pies. Veíamos juntos la serie de Viaje a las Estrellas y las películas de la Guerra de las Galaxias. Cuando empecé a leer, me pasaba libros que le habían gustado en otras épocas. Le gustaba Buck Rogers y había leído a Asimov y a Bradbury cuando eran escritores nuevos.

Mi abuelo creció en una capital de provincia de ideas muy tradicionales. Estudió odontología, se casó y tuvo una familia de seis hijos. Siempre ha sido católico devoto y de ideas políticas muy conservadoras. Por eso nunca pude entender del todo de dónde venía esa pasión por la ciencia ficción. Lo comprendí mucho tiempo después, releyendo uno de los viejos libros que alguna vez me había prestado.

Era una edición amarillenta, donde se narraban las historias de un aventurero en la cara oculta de la luna. Hablaba de una civilización de seres humanoides que vivía allí, escondida en la oscuridad del satélite. Tenían rasgos de murciélago, orejas enormes, ojos oscuros de pupilas gatunas para ver en la penumbra y alas coriáceas para volar aprovechando la baja gravedad. Algunas ilustraciones de baja calidad intentaban ayudar al lector a visualizar aquel posible mundo fantástico. Pero el resultado era tan ridículo que en ese momento no pude evitar preguntarme por qué ese relato le pudo interesar a mi abuelo.

The Great Moon Hoax (1835 New York Sun) – Wikipedia

Luego miré la fecha. No la recuerdo con exactitud, pero estaba editado en la década de los cuarenta. En ese momento imaginé a mi abuelo en su juventud, leyendo ese mismo libro, y otros muchos parecidos, en una época en la que el espacio todavía era un sitio tan inexplorado como desconocido para la mayoría de la gente. Mi abuelo creció leyendo historias creadas por la literatura basándose en las posibilidades de la ciencia, y a través de las décadas ha visto como unas pasaban al terreno de la fantasía y otras se convertían en realidades científicas.

El texto que leí era un relato basado en el Gran Bulo de la Luna (The Great Moon Hoax), una serie de noticias aparecidas en el siglo XIX en un periódico neoyorkino. Realmente, hasta 1959 no pudo ser visto y fotografiado el lado oculto de la luna y, por supuesto, no se encontraron seres alados; pero mi abuelo siguió leyendo sobre alienígenas y extraterrestres. Dos años después se enteró del primer viaje de un hombre al espacio, y aún así continuó soñando con los viajes de Flash Gordon. Desde su casa, sentado frente al televisor, contempló en directo el alunizaje del Apolo XI. Fue testigo de la carrera espacial, de los misiles, de los viajes del transbordador, y al mismo tiempo me llevó a ver El Regreso del Jedi. ¿Cómo no ser un aficionado a la ciencia ficción en una época en donde tantas maravillas estaban pasando en el mundo?

Mi abuelo y yo en una partida de Serpientes y Escaleras

Una vez, estando en su consultorio, me contó orgulloso que tenía un nuevo equipo para sanear caries con una resina blanca.  “Esto lo desarrollaron gracias a los viajes espaciales”, me contó mientras acercaba una luz azul a la pasta blanca que se endurecía en los dientes, dejándolos impecables. Era fantástico. Era como… de ciencia ficción.

Hoy en día, con más de noventa años, mi abuelo sigue disfrutando en su jubilación de las maravillas que ha vivido para ver. Tan pronto salieron, mi abuelo compró videocaseteras, hornos microondas y discos láser. Ahora tiene un portátil, igual al que uso para escribir estas líneas, en el que escribe y se conecta a internet. Tiene perfil en Facebook, reenvía correos en Hotmail, y manda textos propios, reflexiones personales y recordatorios de cumpleaños a sus amigos y al resto de la familia. Apenas puedo imaginar lo que debe significar para él tener un computador del tamaño de un libro en el que tiene acceso a un mundo de información, cuando en su época eran aparatos enormes destinados a científicos nucleares y naves espaciales.

Después de muchos años me he dado cuenta de que a mi abuelo le gusta la ciencia ficción porque vive en ella. Vive en el futuro.

Previous post

Fugaces 08/10/12

Next post

Razonar como un futbolista o las enseñanzas de Carlos Caszely

Juan Camilo Cano

Juan Camilo Cano

Blogger, periodista, lector, escritor, hablador, friki a medio tiempo (sobre)viviendo en Madrid. Cinismo y escepticismo a la carta.

No Comment

Leave a reply