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Etiquéteme, por favor

El descubrimiento ayer de la sal de roca totalmente libre de transgénicos ha supuesto un buen rato de risas para este blog y sus lectores. Y no es para menos. ¿A quién se le ocurre, nos preguntábamos todos, etiquetar una sal como libre de transgénicos? Pobre cloruro sódico, él que no tiene genes…

Ay, si eso fuera lo peor. Esto de la sal es divertido y llamativo. Lo peor es más insidioso.

Los que sabemos qué es y qué no es un transgénico, y sus ventajas e inconvenientes reales (si no estáis seguros, tenéis una excelente fuente de información en este blog) nos reímos al ver la etiqueta de la sal no transgénica. Pero la etiqueta está ahí por una razón: porque, a pesar de lo ridícula que es, funciona.

En su afán por demostrarnos las bondades de sus productos, los fabricantes se han dado cuenta de que un sellito en la etiqueta hace mucho por convencer a gente y administraciones de una serie de bondades de su producto. El sistema, en teoría, no es malo: si yo quiero dar a conocer que mi producto no mata los gamusinos, hablo con una entidad independiente y confiable, que estudia mi proceso y ve que, efectivamente, yo no le hago daño a ningún gamusino. Y me autoriza a poner un “Gamusino safe” en mi etiqueta. Pagando, claro. Y esto, puede estar bien hecho, con responsabilidad y datos fiables, o puede estar mal hecho. Pero en el sellito no se ve en qué caso estamos. Y, como en todo, hay muchas maneras de no mentir legalmente pero jugar al despiste con la información del etiquetado.

Scientia hace un trabajo excelente dando a conocer los truquitos de la industria alimentaria explicando la astuta estrategia del asterisco de muchos fabricantes. Pero esto aplica sobre todo a alimentación. Hay otro mundo, hipertrofiado y complejo, que muchas veces, demasiadas, se basa en los miedos infundados de la gente o en su buena voluntad: el mundo de las etiquetas “ecológicas”.

Hay un montón de etiquetas “ecológicas” (mal nombre, pero esa es otra historia) que están muy bien hechas, y que llevan detrás un trabajo tremendo. Pero al hilo de la confianza que generan en el consumidor, ha nacido toda una industria de etiquetar bondades en la que cada uno se monta su propia película. El resultado es este:

De aquí a 2034 acabo de hacer la compra, seguro...

A este paso, si quiero ser una consumidora informada y responsable, acabaré de hacer la compra semanal dentro de quince años.

El mantra reptido por todas estas organizaciones es “el consumidor tiene derecho a estar informado”, añadiendo que la sostenibilidad preocupa a los consumidores cada vez más, al menos en Europa. Es una gran verdad. Pero el consumidor no tiene la capacidad (ni el tiempo, ni las ganas, y si me apuran casi ni la obligación) de entender todas y cada una de las muchas veces esotéricas afirmaciones que llevan detrás muchos de estos multicolores sellitos.

Así que el consumidor no lo hace. Llevado por la quimiofobia, las modas ecologuays del momento, y las ganas de acabar de hacer la compra para irse a seguir buscando trabajo, el consumidor medio tiende a ver de reojo la etiqueta, ver si se ajusta a alguna de sus filias o fobias, y comprar o no el producto que sea. O ni eso. Aunque en las encuestas todos decimos que sí, que lo miramos, la mayoría seguimos sin hacerlo (si tú lo haces, debes saber que no estás en “la mayoría”. Pero bien hecho de todos modos).

Químicos

“No contiene químicos”. Porque no caben.

Afortunadamente el consumidor medio está cambiando y está poniendo cada vez más cuidado en informarse, pero la tendencia sigue estando a favor de quienes etiquetan sal  como no transgénica. Es decir, de etiquetas que no aportan ninguna información útil al consumidor. Y esto está siendo estudiado, al menos en la Unión Europea, con el sano propósito de poner un poco de orden. Ya veremos.

Pero mientras la gente se va aclarando con la definición de “producto químico” (pista: todos), transgénico, con omega 3 o con polifenoles biclorados (estos sí son malos), muchos podrán seguir yéndose de rositas etiquetando una sal como no transgénica, un caramelo como “Fat free” o un calabacín como orgánico. Que puede que sí, que lo sea, pero sólo tienes el sellito para fiarte. Y el sellito no siempre es tan fiable como su cuidado diseño puede dar a entender. O directamente su afirmación no quiere decir lo que tú crees que quiere decir, que es el caso con el etiquetado orgánico o libre de transgénicos: tenerlo no quiere decir que tu producto sea mejor (en muchos aspectos muy importantes).

Los productos manufacturados conllevan un proceso tremendamente complejos en el que participan multitud de factores. Todos buscamos que lo que compramos no sea dañino para el planeta (imposible: estamos aquí, y somos muchos), o al menos que perjudique lo menos posible, y buscamos que esas etiquetas nos tranquilicen al respecto. Pero en esto, como en todo, también hay que aplicar el sentido crítico. Si no, nos podremos encontrar cosas como esta, y serán totalmente ciertas:

Cthulhu Free

¡100% libre de Primigenios!

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Daurmith

Daurmith

Daurmith empezó a jugar con esto de los blogs en 2001 y no ha parado desde entonces a pesar de las protestas. Pensó que así aprovecharía por fin los años que pasó estudiando biología molecular, y descubrió que le encanta hablar de la realidad tal como es; es más divertido.

A pesar de la evidencia fotográfica, Daurmith no es un gato.

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