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Posts desde Skepchick: Por qué los ateos dicen “Dios” cuando practican sexo

Este post, no adecuado para leerlo en el trabajo, es parte de las reseñas que Greta Christina hace en su blog sobre su libro de relatos cortos eróticos “Bending”. Además está más que parcialmente inspirado en la lectura del relato de la escritora Chelsea Cain en el podcast “Propaganda” de la revista Bitch Magazine.

Érase una vez una chica con velo que se convirtió en una joven mujer decidida a ir con la cabeza descubierta. Dado que las críticas basadas en el placer sexual solían imponerse contra, más que por, las personas religiosas, ella prestaba atención cuando la gente religiosa le criticaba esa manera de practicar el ateísmo. Es decir, algunos teístas afirmaban que, sin tabú, el sexo no podría ser tan divertido. Si lo hubieran dicho seriamente, ella habría señalado que ese argumento era el primo inocente de la idea de que el sexo sólo es bueno y saludable dentro de los límites del matrimonio monógamo heterosexual (sus viejos y pedantes hábitos religiosos tenían que morir de una vez).

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– No me gustan los estereotipos raciales que se da de los musulmanes, no solo por parte de los medios, sino también del Presidente de los EEUU. Solo porque llevemos la cabeza cubierta no significa que tomemos parte en actividades terroristas
– Es más, encuentro completamente vergonzoso que se haga tal afirmación sobre mí basándose únicamente en mi religión.
(parpadeo)
– Eh, todo lo que dije fue que lo pasé genial en tu fiesta.

 

Como estaban en plan juguetón, su cabeza iba en una dirección más agradable. Esto no quiere decir que todos sus recuerdos sexuales, matizados por la religión, fueran buenos. No sentía la piel de gallina, simplemente una sonrisa irónica bailando en sus labios, al recordar cómo su primera pareja una vez insistió en que llevara un pañuelo en la cabeza durante el sexo. Ella acabó por sentirse acalorada y molesta, no le hizo sentir más dispuesta. Los recuerdos de su atormentada adolescencia eran más oscuros, una adolescencia en la que se les proscribió la masturbación a todas; orden que llegó demasiado tarde para romper el hábito, pero demasiado pronto para inculcar culpabilidad. Frota, frota, frota.

Masturbación: no lo hagas

Masturbación: no lo hagas

Pero ella no quería pensar mucho en eso. Recordó lo bonito que era sentir el calor suave del sol de primavera en el cuello y los hombros mientras esperaba una cita por primera vez. La brisa que la acompañaba se sumaba al cosquilleo que le subía por la espalda, mientras esperaba a que apareciera su acompañante. Más tarde, el temor de ser descubierta alimentaba el hambre con la que su boca se precipitaba contra la de él mientras los créditos de la película llenaban la pantalla.
De repente, se dio cuenta de que no había traspasado una frontera sexual en años. “Bueno, a la mierda”, pensó. ¿Cómo iba a conseguir ese cosquilleo en la espalda otra vez? No le quedaban fronteras que no estuvieran verdaderamente basadas en consideraciones éticas. Su feminismo no podía tampoco proporcionarlas, ya que era interseccional y enfocaba el sexo desde una perspectiva constructiva. Estaba claro que tenía que ir en busca de respuestas.
Primero le preguntó a un hedonista, quien le dijo que simplemente tenía que relajarse y disfrutar. Así lo hizo, y fue bueno, pero no lo suficiente. Después preguntó a un filósofo, quien dijo que siempre podía intentar establecer una ética universal mejor que una contextual. Tales normas, afirmó el filósofo, estaban limitadas a llevarla a acciones que podrían considerarse incorrectas en algún momento (como ahogar bebés ¿no os parece?). Por mucho que lo intentara, sin embargo, no podía sentir que ella hubiera roto deliberadamente ninguna regla significativa. Lo mismo ocurrió cuando intentó seguir el consejo de una kinkster (1) que le dijo que estableciera reglas de intercambio de poder con su pareja. A la vez que los juegos fueron muy divertidos, ella podía en última instancia controlar la situación y dejar de tomar parte en ellos en cualquier momento. La siguiente persona a quien preguntó, una trabajadora del sexo, le dijo que dejara de alimentar el profundo pozo de los remordimientos del adúltero que encontraba en sus clientes, siempre hombres casados; pero la naturaleza impersonal de las transacciones conllevaba demasiada distancia para que eso funcionara. Desesperada, al final preguntó a un terapeuta, quien dijo que, así como había eliminado más que adaptado su agujero con forma de Dios, tenía que destruir su agujero con forma de culpa y vergüenza.

Cubo - Agujero circular - Agujero triangular - Agujero con forma de Dios - Cilindro

Cubo – Agujero circular – Agujero triangular – Agujero con forma de Dios – Cilindro

– Pero – suplicó ella- ¡he trabajado muy duro para llenar ese agujero en forma de Dios! ¡Y de verdad, parte de lo que metí fue el sexo despojado de vergüenza y pecado!
– Por supuesto – asintió el terapeuta sabiamente -. En fin, se acabó el tiempo, y estaré de vacaciones las próximas dos semanas; pero puedes pedir cita para después si quieres.
“Mierda”, pensó la joven. “¿Y ahora qué?”
Sin querer pensar demasiado en quitarse del sexo, no mucho después de la sesión de terapia se encontró mezclando su sudor con el de otro. Con la esperanza de follar su camino hacia esa emoción difícil de alcanzar mediante el sexo más intenso que pudiera reunir en sí misma (y el que pudiera sacarle a su pareja), se dejó ir. Tragó y fue tragada, tocó y fue tocada, se abalanzó y se abalanzaron sobre ella, mordió y fue mordida. En lo más alto de su placer, gritó:
– ¡Oh, Dios, sí!
De repente, las sábanas a las que se aferraba eran de un rojo más profundo; en todo lo que estaba metiendo a su amante, y todo aquello a lo que su amante la estaba arrastrando le pareció desgarradoramente hermoso, y la extraña luz del monitor que proporcionaba la única iluminación en el cuarto lo volvió todo nítido.
Quizás fuera el hecho de que ella estaba tomando el nombre de una deidad en vano, en aquella agonía decididamente pagana de correrse los dos a la vez. Quizás fuera el recuerdo travieso de que decir “Dios” era más seguro que decir un nombre, pues sería muy fácil que ella gimiera el nombre equivocado. Tal vez fuera la deificación implícita de su pareja (“dios” en lugar de “Dios”) o del propio sexo. Podría incluso haber sido la falta de sentido de lo que estaba gritando.

Lo que los ateos gritan durante el sexo: - ¡Oh, método científico! - ¡Mates! De alguna manera, no parece tan satisfactorio.

Lo que los ateos gritan durante el sexo:
– ¡Oh, método científico!
– ¡Mates!
De alguna manera, no parece tan satisfactorio.

Sea como fuere, sentaba genial.
Complacida, difundió la palabra tanto como pudo. Después de todo, argumentó, los no religiosos deberían ser capaces de hacer cualquier cosa ética que necesitaran para llegar hasta allí. ¿Qué daño había en la invocación de un ser inexistente? Otros oyeron sus palabras, y algunos lo intentaron, y para muchos no fue bueno, fue genial.
Y por eso, hasta hoy, más de unos pocos ateos dicen “Dios” cuando practican sexo.

(1) Kinsker: persona con apetencias sexuales no convencionales, tales como fetichismo, sadomasoquismo, etc.
Un amigo me regaló el libro “Bending” por mi cumpleaños y fue, ejem, realmente un regalo que siguió haciendo. Puedes comprarlo para Kindle o Nook o vía Smashwords.

SOBRE EL AUTOR
HEINA
HeinaHeina pasó su infancia siendo una musulmana practicante, y nunca en su cabeza habría creído que crecería hasta ser una atea feminista humanista secular, o, en otras palabras, una Escéptica. Ha sido participante activa en organizaciones y eventos ateos dentro y en los alrededores del condado de Orange, California (EEUU), desde 2007. Actualmente escribe la Guía Escéptica del Islam.

Puedes encontrar el post original en inglés aquí.

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Posts desde Skepchick es una nueva sección en la que semanalmente traeremos traducido un interesante artículo publicado originalmente en alguno de los blogs de la Red Skepchick: Mad Art Lab, Teen Skepchick, Queereka, Skepchick.se, Skepchick.no, School of Doubt y, por supuesto, Skepchick.

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bruno

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Ex-superhéroe atropellado. Escéptico, nihilista, ingeniero naval. Pensativo, vivo sin vivir en mí, buscando respuestas en los posos de mis Crunchy Nuts.

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