Escepticismo

El rey de la colina

Cuando estaba en la preparatoria el profesor de filosofía nos planteó el siguiente dilema: si tuvieses la oportunidad de liberar un arma de destrucción masiva, la cual sólo afectara a los humanos (incluyéndote obviamente) y así liberar al mundo de “este cáncer” que somos para el planeta ¿lo harías?

Culparé a aquellos tiempos de juventud e ignorancia a que ni siquiera me di tiempo de pestañear para ponerme en el bando de los que acabarían con la humanidad. Ahora con un poquito más de perspectiva esa actitud se me antoja antropocentrista. A pesar de tanta modernidad seguimos teniendo en la cabeza la ligera noción de que hay una pirámide y que estamos en la punta. Llamar animal a alguien sigue siendo un insulto. ¿Tendrá el mismo efecto gritarle mamífero?

El que come y mata es el que manda

El concepto de depredador se compagina con el ideal moderno de éxito. Es fuerte, rápido y despiadado. Estas cualidades lo colocan en nuestro imaginario en una posición dominante, el que se impone frente a la presa, esa criatura temerosa, sumisa y eternamente pisoteada. Osos, leones y águilas se reflejan en banderas y escudos nacionales. Tan solo con ver la figura que tenemos del león, monarca de la selva que no habita. El león ya no es león, sino un conjunto de cualidades que deseamos tener “como especie”. Poderoso, peludo y lleno de testosterona.

Eduardo Galeano en una entrevista*, fantasea de alguna manera con esto:

“Me imagino un juicio universal a la condición humana de las plantas y los animales, apuntándonos con sus patitas y con sus ramitas y preguntándonos: ¿qué han hecho del mundo?, ¿por qué nos mataron? Qué terrible confusión creernos dueños de la naturaleza.”

Y digo que fantasea porque en el fondo todos queremos ser ese gran depredador, lleno de seguridad y control. Resulta irónico cuando habla de “patitas y ramitas” que nos responsabilizan de toda maldad y abuso universal.

¡Qué importa que nos juzguen, seguiremos siendo lo máximo!

Humanizamos a las especies como en las fábulas, transfiriéndoles simbólicamente nuestras necesidades y cosmogonía. Pensamos que las especies nos tienen una especie de rencor y esperan el momento adecuado para vengarse.

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La Hiedra venenosa planea con rencor un mundo donde las plantas dominen.
Si supiera un poquito más de botánica y ecología tendría en cuenta que la cubierta vegetal define a los ecosistemas y a su vez, la mayoría de las plantas dependen completamente de animales para polinizar sus flores y dispersar sus frutos.

El imaginario popular siempre pinta a los carnívoros como los villanos y a los herbívoros como los buenos.

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¿Se acuerdan del leopardo de Tarzán? Esa criatura psicótica que mata por gusto.

El altruista verde

Esta es la otra cara del antropocentrismo. Ahora el ser humano es el protector oficial de la naturaleza. Reciclamos, viajamos en bicicleta y compramos alimentos orgánicos sintiéndonos tan generosos y tan cool como si rescatáramos todos los días a un gatito de ser atropellado. Solo nos falta una presentación en Power Point para ganarnos el Nobel de la paz. La relación del altruista verde con la naturaleza siempre es vertical, está llena de “buenas intenciones” y paternalismos.

Kimba

¿Alguien vio Kimba el león blanco? El descolorido monarca hacía gala de su bondad prohibiendo a los carnívoros comer carne. Yo miraba consternada a mis 13 años pensando en las implicaciones en la cadena trófica.

Es verdad que somos capaces de destruir ecosistemas enteros, que hemos sido bastante exitosos en adecuar el ambiente a nuestras necesidades y caprichos hasta los límites del ridículo. Pero ahora que la realidad nos ha abofeteado y nos percatamos de que nuestras acciones acarrean ciertos “inconvenientes” a nuestro estilo de vida, corremos desesperados a parchar los agujeros. Es entonces cuando nos topamos con nuestro reflejo y nuestras limitaciones. Como especie podemos afectar a unas cuantas y facilitarle la vida a otras, pero para la mayoría ni siquiera están consientes de nuestra existencia ni extrañarán nuestra ausencia.

Nuestra comprensión en dinámica y manejo de ecosistemas está apenas en pañales, o como bien dijo Gary E. Davis, se compara al conocimiento que se tenía en medicina en el siglo XVII. Sabemos los nombres de estructuras y órganos pero no de cómo funcionan. Es como saber que tienes venas y corazón, pero no tener ni idea de qué hacen o  para qué los tienes ¿Te lo imaginas?

Hay que ver a la naturaleza de frente en todas sus facetas, sin ñoñería ni condescendencia, son sus subidas y bajadas, sus capacidades y limitaciones. Empezar con curiosear el universo (tal vez ver cosmos otra vez), poner atención a las especies que nos rodean, buscar su nombre y su historia natural ¿un ave migratoria, un árbol traído de Australia? Así como involucrarse en proyectos de divulgación científica. Descubriremos entonces que la biósfera no es perfecta, ni mística ni sabia y que al igual que nosotros, tan solo es.

 

*Que conste que no estoy juzgando a Galeano como escritor, pero esa frasecita me dio un poco de gastritis.

Imágenes: Cabecera. Hiedra. Leopardo. Kimba.

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ileana

ileana

Bióloga, mexicana y amante de los roedores. Tiene un inusual interés por las artes plásticas y el origami. Sigue estudiando para convertirse en investigadora, pero últimamente se le ha metido el gusanillo de la divulgación científica.

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