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Tradiciones y el matrimonio: La fruta madura se vende primero

Erase una vez dos hermanas que habían nacido en una pequeña ciudad de Europa Central en los albores del Siglo XX. Pasaron su infancia como las dos niñas húngaras que eran y se hicieron mayores a la sombra de las tradiciones de su tiempo. Justamente, pasó que un buen día, la menor de las hermanas se enamoró y, como toda joven, quiso casarse. Pero la mayor, que no era agraciada, aún no encontraba hombre que la pidiera en matrimonio, aunque, también hay que decirlo, era exigente, demasiado para un mercado tan reducido. Pero es que ella tenía un título universitario y ya sus expectativas se habían ampliado, para desgracia de su hermana menor. Y pasaron los años, las hermanas envejecieron, el pretendiente de la menor desposó a otra doncella y la mayor nunca encontró marido. Más de ochenta años después siguen viviendo juntas en la misma ciudad. Solteras. La tradición dictaba que las hermanas menores no podían casarse antes que las mayores.

Las conocí no hace mucho, cuando me invitaron a visitarlas la última Navidad. Sentada ahí, en el departamento que comparten, mientras comía galletitas y no entendía la conversación en Húngaro, me puse a pensar en las tradiciones.

La costumbre de respetar el orden de edades para desposar a las mujeres de una familia está presente hasta hoy en muchas culturas. India, Pakistán, Israel, Nigeria, son algunas de las nacionalidades que me he encontrado revisando sitios de internet con señoritas, y también algunos varones, debatiendo sobre este tema en pleno año 2014. En el mundo de los judíos ortodoxos, algunos padres ni siquiera permiten que sus hijas menores tengan pretendientes hasta que sus hermanas mayores se hayan casado (a veces la regla también se aplica a los hermanos varones) En estos mismos grupos existen personas especializadas en unir parejas en el orden adecuado, se llaman Shadchan.

¿Cuál es el origen de estas costumbres? No lo sé, pero sí sé que al menos en la tradición Judeo Cristiana, el Génesis contiene una historia que trata el tema. Jacob se enamora de la hija menor de su tío Labán, Raquel. Pero su tío no permitirá que su hija menor se case primero que la mayor, Leah. Así que, mediante engaños, logra que Jacob se case con Leah primero. Finalmente, luego de desposar a la mayor y descubierta la trampa, el padre le entrega a Raquel en matrimonio y Jacob se convierte en el dueño de dos esposas. Porque la poligamia es de lo más aceptable, incluso, tener hijos con las esclavas de tus esposas (que además son tus primas) Pueden revisar la historia aquí. Esta fábula es especialmente importante para el Judaísmo, ya que de los doce hijos que Jacob tiene con ambas mujeres, y sus esclavas, provienen las doce tribus de Israel.

Pero aún sin haber encontrado información analítica respecto de los orígenes de esta tradición, pienso que puedo aventurar una respuesta. Durante la mayor parte de la existencia de la humanidad, las mujeres han sido propiedad de sus familias, las que han buscado entregarlas a un buen candidato, que provea una buena dote y les alivie la carga de tener una boca femenina que alimentar. Si la hermana mayor no se ha casado para cuando las menores sí lo han hecho (y como leí en el comentario de un chico pakistaní) la gente del pueblo comienza a murmurar que la susodicha tiene algún problema y que por eso no ha sido seleccionada. Una vez que eso sucede, la tarea de casar a la hija mayor se hace cuesta arriba, las posibilidades de deshacerse de ella caen dramáticamente y el negocio se va al cuerno. Entonces, todo se reduce a un tema de recursos. Tal como el dueño de una verdulería, el padre de familia trata de vender la fruta madura primero. Por otra parte, una mujer en edad de merecer que espere demasiado por su príncipe azul puede terminar desflorada fuera del lecho nupcial convirtiendo al padre en el dueño de un yogurt con el sello roto.

Es posible que en la Europa rural de principios del Siglo XX las razones que antes menciono fueran aún gravitantes, o quizás fueran tan solo un atavismo sostenido por respeto a las tradiciones, lo que me parece más plausible, dado que al final ninguna de las dos encontró marido. Sea como haya sido, el resultado para estas hermanas fueron la frustración y la soledad. Y el triste hecho de que no pudieron elegir sus vidas. La menor no pudo formar familia con su enamorado y la mayor tuvo que cargar con la culpa. O, quién sabe, quizás lograron salvarse de pasar de ser propiedad de su familia a ser la propiedad de un marido. El punto es que sus destinos fueron forjados por la tradición y no por su voluntad. Hoy se acompañan mutuamente. La hermana mayor cuida de la menor, postrada por la enfermedad.

El día en que las conocí y supe su historia, mientras me atragantaba con las galletitas y el palinka, me acordé de Richard Dawkins y las tres malas razones para creer: Tradición, autoridad, revelación. Me pregunté cómo había sido posible que ya en el siglo XX y nada menos que en Europa dos personas hayan sido víctimas del respeto por las tradiciones. Gracias a Monesvol no hablo Húngaro.

Y hablando de tradiciones ¿Qué piensan de ellas? ¿Qué valor les asignan? ¿Conocen otras tradiciones como esta? ¿Saben de otros lugares en el mundo donde la costumbre de la que les cuento se mantenga? Y ya que estamos, hemos pensado que no sería mala idea crear una sección sobre tradiciones. Estoy segura de que tendremos una fuente inagotable de costumbres para analizar y alucinar. Así que pasen y, por favor, propongan candidatas para los próximos posts.

La imagen de cabecera pertenece a la historia de Jacob, Raquel y Leah en The Brick Testament.

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Lulú

Escéptica gracias a Google, pasó su infancia discutiendo con sus profesores de Historia y Religión. Ahora que encontró amigos de su misma especie, dedica sus horas libres al activismo escéptico y a discutir con profesores de Historía y Religión (cuando no está perdiendo el tiempo en google)

2 Comments

  1. March 13, 2014 at 2:25 pm —

    A mí, cada vez que oigo la palabra “tradición”, me entran escalofríos. En nombre de la tradición se perpetran tantas barbaridades…
    Aunque el problema no son las tradiciones en sí, sino la intransigencia de los que las quieren mantener en contra de la voluntad de otros.

  2. March 16, 2014 at 9:38 pm —

    Yo pienso que el meollo del tema es darle valor a las tradiciones porque son tradiciones y no por su valor real. La palabra tradición es una trampa para el pensamiento crítico, nos hace perpetuar comportamientos sin cuestionarlos. El ejemplo del post es bastante extremo, pero hay muchas tradiciones pequeñas que también nos dañan como sociedad, que fuerzan maneras de ser en las personas que no tienen por qué ser necesariamenté así y que son derechamente nocivas. Decir que “ser respetuoso de las tradiciones” es un valor en si mismo lo considero un vicio del comportamiento humano.

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