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Spanish Inquisition: Acoso callejero

Hace bastante tiempo que no vivo en Chile, mismo tiempo en que no he sido objeto de ni un solo acoso callejero. No me había detenido a pensar en esto hasta que supe lo que le pasó el mes pasado a una de mis amigas allá en Santiago de Chile. Ella, que fue madre por primera vez hace tres meses, salió a dar un paseo con su pequeña hija en coche y, mientras caminaba por la vereda, desde un auto, un tipo le gritó una grosería.

Mi amiga ha sido víctima de acoso callejero incontables veces, sobre todo cuando estaba en el colegio y vestía uniforme. Una vez, mientras subía a un bus del transporte público, un hombre le metió la mano por debajo de su faldita escolar y le agarró el sexo. Otra vez un tipo, desde un auto, la siguió lentamente mientras se masturbaba. Otra vez, un tipo en bicicleta pasó mostrándole el miembro. Otra vez, un actor famoso de telenovelas se le acercó en la calle para cortejarla, sin importarle el hecho de que vistiera uniforme escolar. En el Chile de esos años nadie conocía la palabra pedofilia y solo se hablaba de “viejos verdes”, término que era mucho más aceptado socialmente y visto comúnmente como parte de la cultura popular. A mi no me pasaron esas cosas, pero sí me vi expuesta de manera constante a los piropos. Piropos de toda naturaleza, pero sobre todo de esos en que unos hombres te silban y te miran y se rien en grupo.

En mis años de adolescencia fui muy contestataria y aguerrida, incluso hice mi propio y personal activismo contra el acoso callejero. Un par de veces, solo para defender mi derecho a andar libremente por la ciudad, no escuché los consejos de mi madre y caminé por la calle 10 de Julio luciendo el vestido más corto y ceñido que tenía (La calle 10 de Julio es famosa en Santiago por estar dedicada 100% a la reparación de vehículos, la grandísima mayoría de los que ahí trabajan son hombres y la mayoría de los clientes también. Está llena de prostíbulos y cafés con piernas) Yo no quería tener que estar obligada a evitar esa calle, no quería tener que dar un rodeo para llegar a donde tenía que ir. Todas esas veces en que me enfrenté a las miradas y piropos de desconocidos el corazón se me aceleraba de coraje y miedo, quería devolverles el trato con una grosería o con un lanzallamas. Sentía que me hervía la sangre. Al final, solo atinaba a mirarlos silenciosamente con la cara seria y en alto. Los despreciaba profundamente.

A veces, también (y esto lo hice muchas, muchísimas veces) cuando caminaba por la calle y divisaba a uno o más hombres mirándome prestos a piropearme, caminaba directamente hacia ellos y les preguntaba la hora. Ante esta vuelta de tuerca, atinaban torpemente a mirar sus relojes de pulsera y a responder más o menos serios, azorados, divertidos, coquetos. Yo les agradecía muy cortésmente, mirándolos a los ojos, con una sonrisa. Me sentía triunfante. Pero una vez, mientras pasaba por una plaza, me tope en mi camino con un grupo de 5 o 6 obreros de la construcción en su hora de colación, era inevitable pasar en medio del grupo, a menos que hiciera un rodeo tan evidente como humillante, hice de tripas corazón y seguí caminando tratando de parecer natural y confidente, una vez hecho el contacto visual les pregunté la hora, el resultado fue una ola de burlas y risas tan crueles que las he olvidado. Desde ese entonces ya nunca más hice nada, salvo pasar como un fantasma en frente de mis acosadores. Solo una vez hace ya varios años, mientras caminaba con mi hermana, y luego de que un tipo pasara en su auto y le dijera un par de groserías, no pude contenerme y ahí, en medio de la calle, grité con toda mi capacidad pulmonar un rosario de puteadas al viento.

Ahora que ya no vivo en Chile, donde el acoso callejero es tan normal como decir buenos días, y donde incluso se considera como parte del folclore nacional, ahora que salgo a la calle y a nadie le importa y me dejan en paz, pienso en mi amiga, pero sobre todo en su hija y en si tendrá la oportunidad de vivir en un Chile con menos abusos ¿O voy a tener que seguir imaginándome con un lanzallamas?

ALIENS-001

En la imagen, la hija de mi amiga, yo y un lanzallamas.

La buena noticia es que ya existe gente haciendo activismo colectivo contra esta lacra en Chile: El Observatorio Contra el Acoso Callejero Chile. Y también a nivel latinoamericano.


¿Y ustedes? ¿Cómo es la situación del acoso callejero en su país? ¿Han practicado algún tipo de activismo o técnica contra el acoso?


Spanish Inquisition, antes conocida como Tercer Grado, es una sección donde Escéptica pide tus opiniones, experiencias y comentarios sobre diversos temas de interés. ¿De interés para quién? Pues por lo menos para el autor del post, y esperemos que de vez en cuando para ti también. Nombrada en honor a los famosos sketches de la serie Monty Python´s Flying Circus, la podrás encontrar todos los miércoles en nuestro blog.

La imagen de cabecera es de acá. La otra es de acá. Ambas, de la serie fílmica Alien.

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Lulú

Escéptica gracias a Google, pasó su infancia discutiendo con sus profesores de Historia y Religión. Ahora que encontró amigos de su misma especie, dedica sus horas libres al activismo escéptico y a discutir con profesores de Historía y Religión (cuando no está perdiendo el tiempo en google)

7 Comments

  1. May 28, 2014 at 2:36 pm —

    A partir de los 18 años el acoso dismuniye abruptamente. Con desde mi óptica confirmo que es una actividad bastante pedófila dirigida especialmente contra las niñas en uniforme de colegio. Lo peor y más asqueroso, no es cuando te gritan groserías, sino cuando caminan atrás tuyo y te murmuran sus perversiones en voz baja. La actividad cesa cuando uno aprende a putearlos, y ellos ya se dan cuenta que estás crecidita para soportar su acoso. De más grande solo se animan en grupo o de lejos y ya están esperando el retruco.
    En Argentina, el intendente de Buenos Aires tuvo unas expresiones muy lamentables al respecto hace unas semanas, tan lamentables y misóginas que no vale la pena que las repita en este espacio.

    • May 28, 2014 at 4:58 pm —

      Los susurros al oido son los más repulsivos e intimidantes. Fueron los que me inspiraron en la elección de la imagen de portada :-s

      • May 29, 2014 at 12:03 pm —

        Lo tremendo de los susurros no solo es la proximidad, sino que tardas en darte cuenta o interpretar qué están diciendo. De entrada, puedes pensar que te están pidiendo permiso para pasar o algo así. Luego miras, te das cuenta de lo que está pasando y lo tienes frente a tu cara. Es horrible.

        • May 29, 2014 at 3:31 pm —

          Me hiciste recordar un anécdota muy graciosa y al mismo tiempo asquerosa:
          Una noche hace muchos años sonó el teléfono en casa de mis padres. Mi mamá se levantó a atender y al otro lado de la línea escuchó un jadeo. Mi vieja pensó que era mi abuela (que en aquella época estaba muy enferma y viejita) Y deseperada comenzó a preguntarle que ¡Qué le pasaba! ¡Qué tiene? ¡Por favor dígame algo! hasta que se dio cuenta de que era un tipo degenerado y colgó. Jajaja! Ser un pervertido y que te confundan con una abuelita moribunda debe ser mega humillante.

  2. May 29, 2014 at 10:22 am —

    Lulú, quiero mandarte un abarazo muy fuerte. Me he identificado con todas las reacciones que describes en la entrada, y con las sensaciones. Estoy segura de que casi todas las mujeres hemos pasado por esto, y pasaremos más veces, por desgracia.

    Gracias por escribirlo.

    • May 29, 2014 at 3:32 pm —

      Hey, muchas gracias. Espero que en España sea un poco menos malo que en Chile…

  3. June 9, 2014 at 10:34 pm —

    Muchas gracias por el post, Lulú. Como dice sovcolor, casi todas las mujeres hemos pasado por cosas así, por desgracia.
    De hecho, he perdido la cuenta de los penes que me han enseñado por la calle. Así, gratuitamente. Paseando al perro de mi abuela, por ejemplo, un domingo por la mañana.
    Cuando iba al instituto, estaban construyendo una obra justo enfrente. Cada mañana todas las alumnas nos enfrentábamos a los piropos y gritos de los obreros (pasar por la calle y que desde las alturas te griten obscenidades no es una buena forma de empezar el día). Un día, estábamos en un descanso y salimos a la terraza del instituto, que quedaba por encima de las obras, cuando vi que los obreros estaban almorzando, muchos al sol y sin camiseta, no pude contenerme y empecé a devolverles los “piropos”. Rápidamente mis compañeras se unieron. Más de 20 chicas gritando cosas a los obreros desde el otro lado de la calle. Uno a uno, recogieron sus cosas y fueron a refugiarse dentro de la obra, poniéndose las camisetas y desapareciendo con aspecto bastante avergonzado. Desde ese día no volvieron a decirnos nada a ninguna.
    Fue una pequeña victoria, aunque no hubiéramos sido tan valientes si hubiéramos estado a pie de calle. Además, el episodio dio pie a un interesante debate en el instituto cuando vinieron los profesores a abroncarnos por gritar obscenidades a hombres mayores. Nadie les echaba en cara a ellos que nos los gritaran a nosotras.
    Esa es la anécdota más graciosa que recuerdo. Otras situaciones, estando sola, o cara a cara, no fueron tan agradables ni acabaron tan bien.

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