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Posts desde Skepchick: Los abusos no siempre vienen de fuera

Advertencia de contenido por leve violencia de género.

Le conocí cuando yo estaba sola y confundida, era joven e idealista. Le conocí cuando todavía sentía dolor por el enorme hueco que mi novio de la universidad había dejado en mi interior. Él era mayor que yo y tenía un aire a chico malo y una camioneta pick-up. El mejor amigo que tenía entonces en el sitio en el que vivía acababa de encontrar una novia nueva, y me dejó con esos viernes solitarios que hicieron que me agarrara a la primera cosa buena que me pasara.

Estaba tan desesperada por ser amada que dejé que las banderas rojas se las llevara el viento. Le presté 20 dólares, que prometió devolver al siguiente viernes – no los volví a ver. Se volvía loco por tonterías. Me decía que yo tenía suerte de que él estuviera conmigo, que yo era fea pero que él veía lo bueno de mí, y yo estaba radiante. Se metía en mi ordenador, leía lo que yo escribía, y me gritaba por ello. La Tori de hoy le habría echado de una patada, pero simplemente me escondí, lloraba y me disculpaba e intentaba hacerlo mejor.

Por supuesto había días buenos. Nos reíamos, teníamos un perrito, hacíamos peleas de bolas de nieve y teníamos sexo (no al mismo tiempo). Yo cocinaba y él hacía cosas de tío en el piso. Un día me pidió que me casara con él, y dije sí. No sé por qué dije sí, en retrospectiva, excepto que tal vez pensé que nadie me lo volvería a pedir nunca, o sea que bien podía sobrellevar eso también.

Sus abusos eran casi siempre verbales. Estaba metido en drogas, y era bueno en conseguir trabajos y luego hacerse despedir al cabo de una semana o así. De alguna manera, era siempre culpa mía. Yo me estiraba en la cama y lloraba, echando de menos a ese novio de la universidad, echando de menos cómo era mi vida antes. Mi mejor amiga le odiaba, pero estuvo a mi lado en la boda. Mi familia le odiaba, pero me querían y por tanto lo hicieron lo mejor que pudieron.

Una vez, mi marido me contó una historia de cuando tenía unos 8 años. Había ido a la feria del condado, él solo en el autobús. Solo llevaba un dólar, pero entró y fue a un juego donde podías intentar atrapar un pez de verdad. Parece que ganó. Pasó el resto del día en la feria – y la vuelta a casa en el autobús – con el pez que había ganado en su palo. Por alguna razón, la historia me hizo llorar y llorar. Estaba completamente solo. No tenía una familia que le quisiera, como yo. Yo no tuve que luchar para llegar hasta aquí, como él. Me veía a mí misma como a alguien que le estaba salvando. Me veía a mí misma como a una heroína. Y por eso dejé pasar tantas cosas que no debiera.

Íbamos justos de dinero. Yo tenía un buen trabajo, pero él no tenía ninguno, y se fumaba todo nuestro dinero. Suplicábamos – no, “yo” suplicaba, los caseros no querían hablar con él – para poder pagar el alquiler con cierto retraso. Yo pedía a prestatarios – hubo un momento en que les debía dinero a tres de ellos a la vez. Finalmente, caímos en la bancarrota.

Me quedé embarazada. Ojalá me hubiera marchado en el momento en que vi que el test daba positivo, pero por supuesto no lo hice. El embarazo no fue tan malo como podría haber sido. A él le gustaba la idea del bebé, por lo que paró con la mayoría de los abusos. Se drogaba en otra habitación, y me masajeaba los pies después de que yo hubiera trabajado todo el día. Intentó cambiar parte de los regalos de la fiesta que hicimos para celebrar el embarazo en dinero para drogas, pero no le dejé. Nuestro hijo era la línea en la arena que yo había empezado a marcar, ni que fuera ligeramente.

El niño nació por cesárea. Yo estaba feliz; él estaba feliz; nuestras familias vinieron. Todo el mundo cogía al pequeño y dulce niño, se lo pasaba al de al lado y lo arrullaban. Y por la noche, todo el mundo se fue a casa. El niño fue a la sala de cunas. Mi marido se fue a pasar la noche a casa, para así poder drogarse. Y yo me senté en la habitación del hospital, sola y aterrorizada. Las hormonas se escapaban de mi cuerpo, y estaba segura de que moriría de cualquier complicación por la anestesia, y que nadie me encontraría hasta la mañana.

Unos días después, el niño y yo nos fuimos a casa. Se suponía que tenía que estar 4 días, pero mi marido negoció con el doctor para dejarlo en 3, porque estaba cansado de venir al hospital a verme. Cuando estuvimos en casa, durante unos pocos días, fue el padre y marido ideal. Pero después de que pasara la novedad, yo era la única que se levantaba por las noches para darle de comer durante toda la noche mientras él roncaba en la cama. Yo cogía al bebé y lo acunaba. Él simplemente se enfadaba cuando no le dejaba fumar cerca del bebé. Tras 8 semanas, volví a trabajar. El insistió en quedarse en casa con el bebé, y le dejé. No sé lo que hacía en casa con el bebé, pero sé que, en cuanto yo llegaba a casa, me tocaba a mí cuidar de él. Lo acunaba, lo alimentaba y calmaba sus lloros.

Un día fui a casa en mitad de la jornada. No recuerdo por qué – tal vez hubiera olvidado algo que necesitaba para una clase que estaba dando. Entré en el dormitorio, y ahí estaba mi marido, inconsciente en la cama. Y estaba el bebé, que se había retorcido para salir de la cuna motorizada, y estaba medio colgando por la cadera, balanceándose y chillando. Levanté a mi pequeño y lo abracé. Y esa tarde llamé a una canguro local, e hice que lo cuidara durante el día.

Mi ex-marido se puso como loco. Su madre le dijo que eso quería decir que yo estaba planeando dejarle. Pero yo estaba demasiado asustada para dejarle. Le había visto caer hasta lo más bajo con camellos que ya no le querían vender droga, o que le subían el precio. Aún así, me quedé y llevaba a nuestro hijo a la canguro cada maldito día mientras yo trabajaba – y mientras mi ex se quedaba con el culo pegado a la silla y se drogaba.

Pasó un año. Cada vez estaba más aterrorizada por mi marido. Cuando yo llegaba a casa con el bebé, lo subía a su habitación y me encerraba con llave y jugaba con él. Me daba miedo contradecir a mi marido. A veces era amable y jugaba con el niño, pero la mayor parte del tiempo estaba colgado o simplemente era malo. Una vez, mi suegra me llevó a un lado y me preguntó si quería comprar cupones de comida de alguien que ella conocía. Dije que no; yo ganaba dinero decente. No era yo el problema. Me gritó por ser tan engreída, y dijo que nunca más nos ayudaría. Lo que quería decir es que nunca más le daría a su hijo dinero para drogas. Recordé al pequeño niño solo en la feria del condado, y de nuevo sentí pena por él. Yo tenía una familia que me quería, y él tenía a una bruja. No era culpa suya el ser ese perdedor.

Al mismo tiempo, sin embargo, sabía que no le quería. Además tampoco era ya una jovencita, y necesitaba un cambio. Junté todo el coraje que pude, y le sugerí que podríamos ser amigos – buenos amigos, incluso – y criar a nuestro hijo juntos, pero que no deberíamos seguir casados.

Se armó una gorda. Se volvió loco. Tiró cosas, y golpeó, y gritó, y despotricó, y me amenazó. Cogí a mi bebé, mi teléfono, un cuchillo, y corrí escaleras arriba y me encerré. Él aporreó la puerta, gritando. Llamé a mi madre. Ella llamó a la policía. La policía vino, y nos escoltó a mí y al bebé afuera. Mi hermano y toda su familia vinieron a recogernos, y nos llevaron a su casa.

No logro recordar cómo me sentía al subir a su coche. La adrenalina me corría por el cuerpo; miré las caras de mi hermano y su familia, y sentí vergüenza. Una vergüenza real, sonrojante, que me retorcía las entrañas. Mi cuñada acomodó al bebé en la sillita, y yo puse nuestras dos bolsas detrás y me arrastré al asiento trasero, entre mis dos sobrinas mayores. Nadie dijo una palabra. Esperaba el sermón de mi hermano. La ansiedad crecía en ese silencio. Yo estaba preocupada por mis perros, que se habían quedado en el piso con mi marido; los podría matar por resentimiento, pero no había sitio para ellos en el coche, ni en la casa de mi hermano. Mi hermano condujo en la noche, hacia Columbus, hacia su casa. Entonces paró. Nos metimos en el parking de un local de tacos, salimos del coche evitando mirarnos a los ojos. Una vez dentro, hicimos fila para pedir, con mi sobrina la mayor llevando a mi hijo y ayudándole a coger comida. No recuerdo que comí, pero me acuerdo de que mi hermano hizo algún tipo de chiste sobre la comida basura metiéndose en sus michelines, y se rompió el hechizo. La familia habló y rió, y yo hacía algún comentario de vez en cuando.

Tenía miedo. Mucho, mucho miedo. No podía volver, pero sabía que el mío era ese patrón de las que vuelven, y probablemente volvería. No podía someter a mi hijo a ese estilo de vida, pero no sabía si podría seguir yo sola. De alguna manera, necesitaba marcar una línea y demostrar que esta vez iba en serio. Más tarde esa noche, estirada en un colchón hinchable en la habitación libre de la casa de mi hermano, con mi hijo enroscado contra mi cuerpo, llamé a mi mejor amiga. Estaba de vacaciones con su marido; había dejado un mensaje posponiendo cualquier contacto. Pero dejé un mensaje, y lo oyó y me llamó. Recuerdo como susurraba en esa casa llena de gente durmiendo. Con voz entrecortada dije las palabras “le he dejado…”. Ella dio un pequeño grito y empezó a murmurar cosas alegres y alentadoras. No hablamos mucho rato, pero después de colgar sabía que esta era la línea a seguir. Se lo había dicho a ella, se lo había dicho a mi familia, y ahora no había vuelta atrás.

Di de baja su teléfono, internet y la televisión por cable en nuestra casa, y corté cualquier contacto con él. Hablando con los vecinos, supe que se quedó ahí sentado durante un mes, sin salir nunca de casa. Nunca volví; una pareja de amigos fue allí y vació la casa una vez se hubo marchado, se llevaron mis cosas y rescataron a mis perros. Encontré casas temporales para ellos. Mi hijo y yo estuvimos en casa de mi hermano unos 2 meses, hasta que nos cansamos los unos de los otros. Alquilé una gran casa púrpura y nos trasladamos, y todo fue bien.

Pero desafortunadamente los malos hábitos son difíciles de erradicar. Él aparecía de vez en cuando, con la excusa de ver a nuestro hijo, pero en lugar de eso intentaba volver conmigo y sacarme dinero. No sabía que hacer – quería ser amiga suya, ayudarle, pero no quería ninguna relación con él. Esto continuó durante un tiempo, hasta que contraté a un abogado especializado en divorcios y lo llevé a juicio. Conseguí el divorcio y, a cambio de firmar la renuncia a una pensión, conseguí que él no tuviera visitas reguladas. Esto ayudó legalmente, pero igualmente era un visitante habitual en nuestra casa. Podía decir muchas cosas buenas, pero para entonces yo ya sabía que todo eran mentiras. Podía ver a través de él.

Dos años más tarde, conseguí un nuevo trabajo en otra ciudad, y me mudé. Aunque él sabía el sitio aproximado donde vivíamos, no le di la dirección. Eso no evitó que siguiera a mi coche hasta que nos encontró. Algunos días nos visitaba y era amable, otras simplemente paraba enfrente y nos gritaba. Y yo todavía intentaba calmarlo.

Finalmente conocí a alguien que decidió venirse a Ohio y vivir conmigo y con el niño. Esto hizo ponerse como una moto a mi ex. Nunca antes se había preocupado de nuestro hijo, pero ahora que veía alejarse su cheque de comida intentó otra vez usar la violencia y las amenazas para conseguir lo que quería. Después de un último episodio de violencia (él gritándome y empujándome en el jardín de detrás de la casa, donde todos los vecinos lo vieron) llamé a la policía. Temía por mi vida.
Conseguí una orden de alejamiento temporal, y finalmente una orden de alejamiento por 5 años. Sus derechos como padre son difusos, y aunque de vez en cuando manda un mail y amenaza o pide dulcemente ver a nuestro hijo, no lo intenta demasiado. En cualquier caso, legalmente no puede estar cerca de mí, y ya me ha dicho en el pasado que no devolvería a su hijo a nadie que no sea yo, así que no hay manera de arreglar un régimen de visitas. Ya ha violado la orden de alejamiento una vez.

Desde que todo esto pasó, mi ansiedad se ha disparado. He probado medicinas que me ha recetado mi médico, y citas con el psicólogo, pero la única cosa que realmente me funciona es estar al lado de mi novio, que ha estado conmigo los dos últimos años. Es grande, y musculoso, y tiene experiencia trabajando con drogadictos, o sea que mientras esté cerca no tengo miedo – al menos, no por mucho. Y el niño quiere a mi novio y le llama papá, y no quiere saber nada de su padre biológico. El niño recuerda cuan asustada estaba yo, y también cuan asustado estaba él.

Ahora que ha pasado un tiempo desde toda esta experiencia, puedo ver como fui manipulada, como me utilizó. Pero es difícil de ver cuando está sucediendo. Es fácil poner excusas o echarse la culpa a una misma. Yo siempre excusaba lo que él hacía como “solo abuso emocional”, y me aseguraba a mí misma que podía manejarlo. Pero el abuso emocional te hiere igual que el físico. Es igual de cruel. Nunca pensé que yo sería esa persona que deja que abusen de ella, pero de repente lo era. No es como si la persona a la que quieres es cruel contigo, y tú inmediatamente piensas “abuso, ¡huye!”. En lugar de eso piensas “puedo arreglarlo”, o “él es mejor que eso”, a intentas e intentas que tu mundo deje de dar vueltas… pero no lo hace. Y se necesita algo que haga de interruptor y te saque de ese ciclo de vergüenza y dolor. Yo tengo suerte, encontré ese algo. Espero que cualquier otra persona en esa situación encuentre el suyo antes de que sea demasiado tarde.

Imagen: “Cegada”, del Creative Commons de Flickr.

SOBRE LA AUTORA
Tori ParkerTori Parker
Tori es profesora de inglés en un instituto, de Ohio (insertar aquí unos movimientos de animadora). ¡Es enérgica! ¡Es escéptica! ¡Es genial! Su novio dice que algún día podrán tener un cerdito vietnamita y llamarle Panceta. Tiene un hijo cuyo seudónimo es SC, aunque hace poco ha pedido que le cambien el nombre por Henry. Cuando le pidieron algún comentario para añadir a este perfil preguntó: “¿Por qué sonamos como una mala serie de polis de los ’70?” Pues ahí está.

Puedes encontrar el post original en inglés aquí.

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bruno

bruno

Ex-superhéroe atropellado. Escéptico, nihilista, ingeniero naval. Pensativo, vivo sin vivir en mí, buscando respuestas en los posos de mis Crunchy Nuts.

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