¡Dioses!

¡Dioses!: edición navideña

Ah, la Navidad. Esa época del año en la cual, algunos más y otros menos, nos reunimos con nuestras familias a celebrar no me queda muy claro qué.

Debo reconocerles que me gusta la Navidad, y que no es mi intención ni mucho menos hacerle la guerra (¡¿qué?! pensaba que los ateos se dedicaban a ello todos los días de su vida). No me gusta la Navidad en el sentido religioso de la festividad, como se imaginarán, pero sí que me gustan muchas cosas de estas fechas: el ambiente festivo, pasar más tiempo con familiares y amigos, la decoración de casas, calles y comercios, los regalos y la comida.

Nunca entendí de niña cómo podía saberse la fecha exacta del nacimiento del Jesucristo cristiano, cuando acontecimientos más importantes como guerras, muertes o investiduras de reyes y políticos de similar antigüedad o menos se daban siempre con algún margen de error. Y si Jesucristo nació a finales de año, ¿por qué empezamos a contar el tiempo de nuestra era ese mismo año y no el siguiente, si ya se estaba terminando? Cuando todavía creía en dios e iba a misa, fui con estas preguntas al cura de mi parroquia, pero me contestó con evasivas y no tuve más remedio que abandonar las explicaciones de la fe y entregarme a los libros de historia, mucho menos esquivos a la hora de resolver mis dudas.

Fue ahí donde empecé a darme cuenta de que fechas antes inamovibles no lo eran tanto y que las religiones no son más que sucesiones de mitologías y tradiciones que se pisan unas a otras cuando las modas y los intereses políticos cambian.

¿Pudo Jesucristo nacer un 25 de diciembre? Pues a saber, tampoco está claro que naciese en el año que nosotros consideramos el inicio de nuestra era. Lo que sí está claro es por qué se decidió celebrar su nacimiento en esa fecha: porque ya era una fecha de celebración antes del cristianismo.

Para empezar, la fecha del nacimiento de Jesucristo se calculó según la tradición judía que fijaba la fecha de fallecimiento y la fecha de concepción de un profeta en el mismo día (todo muy científico y exacto). Como se creía que Jesucristo había muerto un 25 de marzo, se sumaron 9 meses más y dio el 25 de diciembre. Todo esto teniendo en cuenta el calendario juliano, claro está; en el calendario gregoriano el 25 de marzo es el 7 de abril y, por tanto, el 25 de diciembre es el 7 de enero. Numerología en estado puro.

Los cálculos anteriores nos parecerían muy inocentes y casuales si no tenemos en cuenta que fue en el siglo IV después de Cristo cuando el emperador Constantino, después de permitir el cristianismo en el Imperio Romano y convertirse él mismo a la religión cristiana, impuso las celebraciones de la Navidad coincidiendo con las del Sol Invictus.


Tradicionalmente en el Imperio Romano se venía celebrando el solsticio de invierno, como en prácticamente todas las mitologías y tradiciones miles de años antes de la era cristiana. Estas celebraciones, en tiempos ya de Constantino eran las ya mencionadas del Sol Invictus o Festival del Nacimiento del Sol Invicto, en las cuales se celebraba el renacimiento del sol, al aumentar las horas de luz diurna tras la noche más larga del año. A partir del solsticio de invierno los días solo podrían ser más largos, y esto solo podría explicarse como un triunfo del sol sobre la oscuridad.

Pero el Festival del Nacimiento del Sol Invicto no es más que la culminación de las celebraciones de Brumalia y Saturnalia.

La fiesta de Brumales es una fiesta pagana dedicada al sol y en la cual se celebra el solsticio de invierno, coincide más o menos con el 25 de diciembre. En ellas se honraba a Baco, Saturno y Ops, y se hacían previsiones para el resto del invierno. Y por supuesto corría el vino, mucho vino.

La fiesta de Saturnalia empezaba el 17 de diciembre y duraba 7 días, en honor a Saturno dios de la agricultura. El último día de Saturnalia se celebraba la fiesta del triunfo, el Sol Invictus. Eran las fiestas de la finalización de los trabajos en el campo, tras la siembra del invierno y empezaba un periodo de descanso hasta la primavera y el comienzo de un nuevo ciclo de cosechas y siembras; por ello también eran fiestas para los esclavos, durante las cuales recibían mayores raciones de comida, tiempo libre y otras concesiones. Saturnalia era como Navidad y Carnaval a la vez, 7 días de celebraciones, banquetes e intercambios de regalos.

Pero como se podrán imaginar, y teniendo en cuenta la importancia del solsticio de invierno para las culturas agrícolas de la antigüedad, la celebración del solsticio no era algo exclusivo de los romanos y muchos otros pueblos tenían un sitio en su mitología para un acontecimiento tan importante al finalizar el año. Dos ejemplos alejados en el tiempo y en el espacio de la cultura romana:

Frey, dios nórdico de la lluvia, la fertilidad y oh… el sol naciente, celebraba su nacimiento el 26 de diciembre. El toma y daca entre Frey y Gerda representa la relación de fertilidad entre la tierra y el sol.

Huitzilopochtli, del que ya han oído hablar aquí, también celebraba el renacimiento del sol y su propio nacimiento en diciembre.

Al final, todo se reduce a celebrar el solsticio. El invierno acaba de empezar, sí, pero también los días serán paulatinamente más largos y no tendremos que preocuparnos por el campo hasta la primavera. ¿No es un motivo suficiente de celebración? Pueden adornarlo con el personaje de ficción que más les guste, pero recuerden que por muy única y verdadera que crean su religión tiene elementos en común con muchas otras, y esos elementos comunes son los que nos unen a la tierra y a los astros de los cuales estamos a merced, nos guste o no.

¡Felices Fiestas!

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silvialba

silvialba

Minera, atea agnóstica, estudiante a ratos y escéptica a tiempo completo.

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