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Posts desde Skepchick: Casarse con Dios y otras crueldades cristianas

Yo celebro la Navidad, de una manera secular, con mis padres religiosos. La Iglesia de Cristo, la secta a la que pertenecen, nunca celebraría las fiestas de una manera religiosa porque pudiera ser divertido o interesante y cualquiera de esas cosas podría poner en peligro la superioridad que supone no ser parte de cualquier otra secta. Dicho esto, pasé la mañana de Navidad limpiando los armarios de la cocina de mi madre, porque eso es lo que pidió como regalo. Sinceramente, estaría más a favor de regalar bienes de consumo, ya que dan mucho menos trabajo, pero eso la hacía feliz. Ella mencionó, de pasada, que conocía a una mujer cuyo marido “le hacía limpiar los armarios una vez al mes”. Mi madre continuó diciendo que lo sentía por esa mujer, ya que es mucho trabajo, y no es necesario más que una vez cada pocos años asumiendo que generes una cantidad normal de desorden. La parte en la que el marido de esta mujer le hace hacer eso, lo que implica un nivel de esclavitud doméstica que normalmente no se reconoce abiertamente como característico de un determinado tipo de matrimonio cristiano, no parecía irritar a mi madre tanto como a mí. Fui educada y me las arreglé para no echar pestes en ese momento, pero la anécdota subraya cuánto me horroriza el matrimonio en este momento.

Mientras crecía, el matrimonio se suponía que era el objetivo final de mi existencia. Los predicadores hablaban de cómo los jóvenes eran los ancianos y predicadores del futuro, y las esposas de los ancianos y las esposas de los predicadores. Los maestros en la escuela dominical en las clases de adolescentes hablaban de que ya deberíamos estar pensando en con quién casarnos. Mientras tanto me vi obligada a ayudar en la guardería de la iglesia, lo que en gran medida consistía en esperar que yo me cuidara de los bebés mientras que las mujeres mayores se quejaban de sus maridos y los aparentes hábitos de esos maridos de ser desaliñados y no hacer nunca nada en la casa. De hecho, en general los hombres se me presentaban como vagos inmaduros, hasta el punto de que los muchos versículos acerca de las mujeres sometidas se justificaban como “bien, si las mujeres estuvieran al mando, los hombres no se meterían en la iglesia”. Pero no solo esta teórica inmadurez debe ser aceptada, debo aspirar a someterme a uno de estos vagos inmaduros para el resto de mi vida. Si mi futuro marido fuera una persona de este calibre, bueno, podría ser mucho peor. Mi bisabuela se casó con un hombre que era, a todas luces, probablemente un psicópata, y las observaciones hechas acerca de cómo ella empezó a parecer realmente vieja en todas las fotos eran del tipo “bueno, ella hizo una mala cama en la que tumbarse”. En otras palabras, casarse es el objetivo vital de cualquier mujer, pero si la mujer comete un error ahí se queda para siempre. No hay presión. Por cierto, uno debería casarse joven idealmente, por lo que no esperamos otra cosa que los adolescentes, hayan ido o no a la universidad, tomen una decisión literalmente irreversible y que les cambiará la vida, y esperamos que lo hagan a la perfección. La primera vez. Si fallan, la pena es toda una vida de miseria. Una cosa más, señoritas, hay muchas homilías y anécdotas en la escuela dominical acerca de hombres convertidos porque querían salir con las chicas guapas [sic] que ahora son sus esposas. Así que el matrimonio es una herramienta para atraer a más convertidos a Cristo mediante el ser femenina y guapa (además casi siempre hay más mujeres que hombres en la iglesia; la mayoría de los matrimonios deberían ser con los de afuera). El fracaso en convertir al marido de una es una cuestión por la que la congregación rezará por ti. Probablemente deberías haber sido más guapa. Vestir inmodestamente y/o inspirar la lujuria, por supuesto, sigue siendo un pecado. Como era de esperar, a menudo me preocupaba la manera en que otras personas, especialmente los hombres, me veían.

Habiendo apostatado y conseguido amigos que no tienen expectativas horriblemente imposibles para mi futuro matrimonio, ahora soy consciente en general de que es posible un matrimonio igualitario y feliz, en el que la pareja se respeten el uno al otro y no sigan un rígida división del trabajo basada en el género. A pesar de eso, todavía tengo una aversión personal al concepto de matrimonio. Sé que no es racional pero, al crecer, la presión de encontrar (o convertir) a un hombre piadoso con el que casarse combinada con la gente haciendo sonar el matrimonio tan terrible como sea posible me han vuelto muy reacia a todo el asunto.

La imagen de portada es “El matrimonio de la Virgen” de Perugino.

SOBRE LA AUTORA

ElizabethElizabeth es una profesional de la danza del vientre, una ingeniera informática excéntrica, y voluntaria en Peace Corps. Vive en Georgia (el estado de EEUU, no el país), pero eso no hace que sea una combinación de estereotipos de “Lo que el viento se llevó” y “Defensa”. Su blog personal es “Coffeefied. Operafied. Fluffified. Beglittered”.

Puedes encontrar el post original en inglés aquí.

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Posts desde Skepchick es la sección en la que semanalmente traeremos traducido un interesante artículo publicado originalmente en alguno de los blogs de la Red Skepchick: Mad Art Lab, Teen Skepchick, Queereka, Skepchick.se, Skepchick.no, School of Doubt, Grounded Parents, Skeptability y, por supuesto, Skepchick.

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Ex-superhéroe atropellado. Escéptico, nihilista, ingeniero naval. Pensativo, vivo sin vivir en mí, buscando respuestas en los posos de mis Crunchy Nuts.

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