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¡Dioses!: Ishtar

Como ya saben, en esta serie de posts sobre dioses, escogemos una deidad al azar de entre las muchas que existen entre las diversas culturas y mitologías del mundo, y hablamos sobre ellas analizando las similitudes e influencias con otras culturas, tratando de divulgar la mitología más allá de la tradición judeocristiana a la que estamos acostumbrados en occidente.

 

Hoy le toca el turno a Ishtar, diosa mesopotámica. Se asocia a otras diosas como Asherá, de quien ya hablamos aquí.

 

Ishtar es la diosa mesopotámica de la fertilidad, el amor, la guerra y el sexo, y personificación divina del planeta Venus. Aunque su representación suele ser femenina, veremos que tiene rasgos masculinos y que en algunas representaciones los comparte.

 

Dependiendo de la leyenda en la que nos la encontremos, Ishtar puede ser una chica mimada y caprichosa que siempre se sale con la suya, una muchacha inocente y a merced de los deseos de otros o una poderosa guerrera. Pero algo que siempre tienen en común sus distintos caracteres es la sexualidad; ya sea para conseguir lo que quiere o para que otros se aprovechen de ella, la sexualidad de Ishtar estará presente.

 

A Ishtar se dirigían las plegarias para librarse de la impotencia o para ganarse el favor de un amor no correspondido. Y como no podía ser menos, Ishtar es la diosa patrona de las prostitutas. No está muy claro, pero se cree que en sus templos se practicaba la prostitución sagrada.

 

Se dice que le reportaba el mismo placer la guerra que el sexo. Aunque su aspecto de diosa guerrera se mostraba únicamente en el ámbito político, donde se le adoraba como símbolo del poder real y de la supremacía militar. Es aquí donde priman sus características masculinas sobre las femeninas, y mientras se sigue representando con cuerpo de mujer, porta armas y tiene barba.

 

Ishtar también jugaba un papel importante en la institución del matrimonio según lo entendían los babilonios. El matrimonio solo era un contrato que perpetuaba la familia como sostén del estado y generadora de riquezas, dejando de lado el amor romántico o incluso la fidelidad amorosa.

 

Dos de las leyendas más conocidas en las que Ishtar toma parte son aquella en la que desciende al mundo de los muertos y su participación en la épica del Gilgamesh.

 

En la primera de ellas, Ishtar desciende al inframundo para destronar a su hermana, la reina de esas tierras. Para ello debe atravesar las siete puertas que lo guardan y, en cada una de ellas, dejar una prenda para que el guardián deje que pase.

Ishtar franquea la séptima puerta completamente desnuda y sin poder (las prendas representan sus atributos y poderes, de los que se despoja para entrar al inframundo). Su hermana aprovecha su debilidad para apresarla y someterla a toda clase de enfermedades.

 

Pero mientras que Ishtar está atrapada en el inframundo cesa toda actividad sexual en la tierra de los vivos, y sin que se perpetúe la especie los dioses se preocupan un poco. Mandan salvar a Ishtar para que todos los seres vivos puedan seguir fornicando a gustito.

A pesar de todo, Ishtar no podrá abandonar el mundo de los muertos si no deja a otra persona en su lugar. Vuelve a atravesar las siete puertas recuperando sus prendas y de vuelta a casa (acompañada de unos diablillos que se aseguran de que cumpla con su palabra de mandar a otro en su lugar) intenta encontrar a esa persona que la sustituya en el inframundo. Todo aquel al que encuentra en su camino es un amigo querido y no podría condenarlo por toda la eternidad, por lo que piensa que no va a poder cumplir con su palabra. Pero cuál es su sorpresa, que al llegar a su casa, se encuentra a su esposo Tammuz sentado tranquilamente y sin pena alguna por lo que le pudiera haber ocurrido. Nunca tuvo decisión más sencilla: envió a Tammuz en su lugar y se libró de la condenación eterna por partida doble.

 

En la épica de Gilgamesh, Ishtar aparece como una femme fatale que tienta al héroe. Si bien es cierto que Gilgamesh podría haber tenido un poquito más de tacto.

Ishtar se encapricha con el héroe y le pide que se case con ella (en otras versiones parece que solo le pide un poco de sexo, pero vamos a dejarlo en matrimonio por mor a la decencia) y él no solo la rechaza sino que lo hace recordándole lo mal que les fue a sus anteriores amantes, Tammuz incluido.

Ishtar, como no podría ser de otra manera, se cabrea bastante (¿desde cuándo hay que sacar los trapos sucios de anteriores parejas? Un poco de tacto, Gilgamesh) y le envía un toro celestial propiedad de los dioses, para que luche con él. El toro no acaba muy bien que digamos, pero esa es otra historia. Se dice que para velar al toro del cielo, Ishtar reunió a su gente: chicas bailarinas y cantantes, a las prostitutas del templo y a las cortesanas. Lo que yo llamo un buen velatorio.

 

En cuanto a la iconografía: cuando se representa como la diosa del amor y del sexo, aparece desnuda o sosteniendo una capa abierta; cuando es la diosa de la guerra lleva una túnica atada a la cintura, con armas al hombro o en la mano y en ocasiones con barba. Como diosa de la guerra también se suele representar como un león y en su aspecto astral su atributo es una estrella de ocho puntas.

Si hablásemos de Ishtar en términos actuales, podríamos definirla como una diosa sex possitive, poliamorosa y quizá un poco transgénero. ¿Quién no querría adorar a una diosa así?

 

Para saber más sobre Ishtar: Ancient Mesopotamian Gods and Goddesses: Inana/Ištar.

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silvialba

silvialba

Minera, atea agnóstica, estudiante a ratos y escéptica a tiempo completo.

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