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TBT: Una historia de fantasmas

¿Has tenido alguna vez una experiencia sobrenatural? Yo, nunca. Cuando era pequeña y escuchaba a mis compañeros de clase contando sus escalofriantes historias sobre esqueletos levitando, o espíritus que se les aparecían al fondo del patio, yo me sentía mal, porque creía que me faltaba algo para que algo así me ocurriera. Yo no era lo suficientemente especial como para ver fantasmas. A Andrés sí lo visitó un fantasma, esto lo contó por allá el 2012, y (Modo click-bait on) ¡no creerás lo que pasó a continuación! (Modo click-bait off)

 

La pantalla es una fogata. A su luz electrónica se reúnen las tribus del siglo XXI para estrechar lazos y contar historias. Ya he dicho alguna vez que a los seres humanos nos atraen las historias. La capacidad de contar es la marca del buen escritor; no sólo del autor de ficciones, sino también del divulgador y del ensayista. Tengo la sospecha de que la popularidad de muchas creencias infundadas se debe, al menos en parte, a su dimensión narrativa. El doctor Hannemann probó quinina y comprobó que… Un niño le rompió una pata a un búho y vio… Berry y Barney Hill regresaban de sus vacaciones cuando… Toda superstición y pseudociencia va acompañada de anécdotas y testimonios.

Las historias nos atrapan. Las historias tienen poder. Las historias nos hacen reír, nos hacen llorar, nos hacen temblar. En ocasiones, hasta nos hacen creer.

Ya que estamos aquí reunidos, voy a contarles una. Es algo que ocurrió realmente. Es posible que mi memoria sea menos confiable o más creativa que lo conveniente, pero, a fin de cuentas, ¿de qué está hecha una historia, sino de recuerdos rotos y fragmentos de imaginación?

Fue una noche, hace más de veinte años…

La luz era tenue y amarilla, como la de una fogata. Pero era luz eléctrica; la luz de una lámpara de la calle, teñida por el vidrio esmerilado de la puerta. Recuerdo esto bien, porque mi habitación era contigua a la sala, y desde mi cama podía ver la mesa y las sillas débilmente iluminadas desde el exterior.

No sé qué hora era, ni cuánto duró todo. Las únicas certidumbres que tengo en cuanto al tiempo son que era de madrugada y yo tenía doce años.

Oí el sonido en sueños. Lo reconocí de inmediato; la cultura y la tradición me habían preparado para saber de qué se trataba. Era un lamento largo, profundo, vibrante. Una vocal cerrada que subía, alcanzaba un máximo y descendía luego lentamente, hasta morir.

BuuuuUUUUUUUUUUuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu…

Era una voz inhumana. Era un cliché. Era el llanto de un fantasma.

“Estoy soñando”, me dije, molesto, y abrí los ojos.

La casa estaba en casi total silencio. No se oía nada salvo la respiración de mi hermano a un par de metros. Nada se movía en la sala iluminada de amarillo, más allá de la puerta abierta de la habitación.

Y entonces, con los ojos aún abiertos, volví a oírlo.

BuuuuuuuuUUUUUUuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu…

“Se me heló la sangre en las venas”, dice otro cliché. En ese momento supe que se convirtió en cliché porque es una descripción exacta de lo que se siente.

El lamento se repitió, como para confirmarme que no, no estaba soñando:

BuuuuuuuUUUUUUUUuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu…

En la sala, a pocos pasos, una figura cadavérica flotaba en el aire, arrastrando tras de sí los jirones de su mortaja etérea. Daba lentas vueltas en el sitio; si hubiera avanzado en línea recta, habría pasado ante mi puerta. No, claro que no la veía. No necesitaba verla para saber todo esto: mi imaginación desbocada hacía un excelente trabajo.

Y, ocasionalmente, del fondo de la garganta descarnada emergía el gemido estremecedor:

BuuuuuuuuuUUUUUUuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu…

Tenía una lámpara al alcance de la mano. No tenía más que estirarme y encenderla. Pero no me atrevía. Estaba convencido de que el espectro se lanzaría sobre mí si movía un solo músculo.

Esa noche recé. Válgame, cómo recé. Rogué que el fantasma se fuera. Rogué que comenzaran pronto a pasar coches, sólo para que la noche no estuviera tan silenciosa, para que hubiera una apariencia de normalidad en el mundo. Gasté todas las oraciones que conocía. Recé y temblé hasta que al fin, una eternidad más tarde, me quedé dormido.

No exagero al decir que se me eriza la piel al recordar todo esto. Espero no volver a sentir nunca más el terror que conocí esa noche en que tuve la certeza de que un fantasma rondaba mi casa.

Al día siguiente traté de ser escéptico. Pero era el escepticismo del creyente, que inventa explicaciones absurdas sólo para descartarlas. Se me ocurrió que un gracioso iba de casa en casa, poniendo en las ventanas grabaciones de sonidos de ultratumba.

Bueno, tenía doce años.

Durante un tiempo (¿semanas?, ¿meses?) creí en espíritus. ¿Por qué no iba a creer? ¡Yo mismo era testigo! Había oído su voz, me había imaginado su forma. Mis hipótesis descabelladas me tranquilizaban un poco, pero, en el fondo, temía que volviera.

Y una noche volvió.

Me despertó la lluvia. Truenos, relámpagos, martilleo de gotas. Eran más clichés de los cuentos de miedo, pero comprobé que no eran tan efectivos como el silencio para generar atmósfera.

“¿Lo oiré hoy?” Me encogí entre las sábanas.

Y lo oí.

BuuuuuUUUUUUUUU—uuuuuuuuuuUUUUUUUUUUUUUUUU…

No recuerdo qué sentí (probablemente fue alivio) al notar que el fantasma cambiaba de marchas y se alejaba a toda velocidad.

Esa noche reí. Válgame, cómo reí. Me reí de mí mismo, de mi terror, de mis oraciones. Me reí de mi imaginación, que, en circunstancias propicias, había transformado en un lamento proveniente de la sala lo que no era más que el eco (largo, profundo, vibrante) de motores lejanos.

Un coche, al pasar, acababa de devolver una apariencia de normalidad al mundo.

Ahora mismo, mientras escribo esto, oigo el sonido del tránsito a través de la ventana abierta, y por momentos logro reconstruir aquella voz inhumana. En ocasiones llego a experimentar un leve escalofrío. Puede ser divertido, si uno está de humor.

Y a veces me pregunto qué habría sucedido si no hubiera despertado aquella noche de lluvia. ¿Habría llegado hasta hoy insistiendo que experimenté lo preternatural? ¿Desafiaría a los escépticos a darme una explicación a todas luces inaccesible? Es curiosa (y también da un poco de miedo) la idea de que podría estar dando testimonio de fenómenos paranormales si mi imaginación desbocada no hubiera tenido ocasión de bajar un cambio.ros

La pantalla es una fogata. A su luz electrónica se reúnen las tribus del siglo XXI para estrechar lazos y contar historias. Ya he dicho alguna vez que a los seres humanos nos atraen las historias. La capacidad de contar es la marca del buen escritor; no sólo del autor de ficciones, sino también del divulgador y del ensayista. Tengo la sospecha de que la popularidad de muchas creencias infundadas se debe, al menos en parte, a su dimensión narrativa. El doctor Hannemann probó quinina y comprobó que… Un niño le rompió una pata a un búho y vio… Berry y Barney Hill regresaban de sus vacaciones cuando… Toda superstición y pseudociencia va acompañada de anécdotas y testimonios.

Las historias nos atrapan. Las historias tienen poder. Las historias nos hacen reír, nos hacen llorar, nos hacen temblar. En ocasiones, hasta nos hacen creer.

Ya que estamos aquí reunidos, voy a contarles una. Es algo que ocurrió realmente. Es posible que mi memoria sea menos confiable o más creativa que lo conveniente, pero, a fin de cuentas, ¿de qué está hecha una historia, sino de recuerdos rotos y fragmentos de imaginación?

Fue una noche, hace más de veinte años…

La luz era tenue y amarilla, como la de una fogata. Pero era luz eléctrica; la luz de una lámpara de la calle, teñida por el vidrio esmerilado de la puerta. Recuerdo esto bien, porque mi habitación era contigua a la sala, y desde mi cama podía ver la mesa y las sillas débilmente iluminadas desde el exterior.

No sé qué hora era, ni cuánto duró todo. Las únicas certidumbres que tengo en cuanto al tiempo son que era de madrugada y yo tenía doce años.

Oí el sonido en sueños. Lo reconocí de inmediato; la cultura y la tradición me habían preparado para saber de qué se trataba. Era un lamento largo, profundo, vibrante. Una vocal cerrada que subía, alcanzaba un máximo y descendía luego lentamente, hasta morir.

BuuuuUUUUUUUUUUuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu…

Era una voz inhumana. Era un cliché. Era el llanto de un fantasma.

“Estoy soñando”, me dije, molesto, y abrí los ojos.

La casa estaba en casi total silencio. No se oía nada salvo la respiración de mi hermano a un par de metros. Nada se movía en la sala iluminada de amarillo, más allá de la puerta abierta de la habitación.

Y entonces, con los ojos aún abiertos, volví a oírlo.

BuuuuuuuuUUUUUUuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu…

“Se me heló la sangre en las venas”, dice otro cliché. En ese momento supe que se convirtió en cliché porque es una descripción exacta de lo que se siente.

El lamento se repitió, como para confirmarme que no, no estaba soñando:

BuuuuuuuUUUUUUUUuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu…

En la sala, a pocos pasos, una figura cadavérica flotaba en el aire, arrastrando tras de sí los jirones de su mortaja etérea. Daba lentas vueltas en el sitio; si hubiera avanzado en línea recta, habría pasado ante mi puerta. No, claro que no la veía. No necesitaba verla para saber todo esto: mi imaginación desbocada hacía un excelente trabajo.

Y, ocasionalmente, del fondo de la garganta descarnada emergía el gemido estremecedor:

BuuuuuuuuuUUUUUUuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu…

Tenía una lámpara al alcance de la mano. No tenía más que estirarme y encenderla. Pero no me atrevía. Estaba convencido de que el espectro se lanzaría sobre mí si movía un solo músculo.

Esa noche recé. Válgame, cómo recé. Rogué que el fantasma se fuera. Rogué que comenzaran pronto a pasar coches, sólo para que la noche no estuviera tan silenciosa, para que hubiera una apariencia de normalidad en el mundo. Gasté todas las oraciones que conocía. Recé y temblé hasta que al fin, una eternidad más tarde, me quedé dormido.

No exagero al decir que se me eriza la piel al recordar todo esto. Espero no volver a sentir nunca más el terror que conocí esa noche en que tuve la certeza de que un fantasma rondaba mi casa.

Al día siguiente traté de ser escéptico. Pero era el escepticismo del creyente, que inventa explicaciones absurdas sólo para descartarlas. Se me ocurrió que un gracioso iba de casa en casa, poniendo en las ventanas grabaciones de sonidos de ultratumba.

Bueno, tenía doce años.

Durante un tiempo (¿semanas?, ¿meses?) creí en espíritus. ¿Por qué no iba a creer? ¡Yo mismo era testigo! Había oído su voz, me había imaginado su forma. Mis hipótesis descabelladas me tranquilizaban un poco, pero, en el fondo, temía que volviera.

Y una noche volvió.

Me despertó la lluvia. Truenos, relámpagos, martilleo de gotas. Eran más clichés de los cuentos de miedo, pero comprobé que no eran tan efectivos como el silencio para generar atmósfera.

“¿Lo oiré hoy?” Me encogí entre las sábanas.

Y lo oí.

BuuuuuUUUUUUUUU—uuuuuuuuuuUUUUUUUUUUUUUUUU…

No recuerdo qué sentí (probablemente fue alivio) al notar que el fantasma cambiaba de marchas y se alejaba a toda velocidad.

Esa noche reí. Válgame, cómo reí. Me reí de mí mismo, de mi terror, de mis oraciones. Me reí de mi imaginación, que, en circunstancias propicias, había transformado en un lamento proveniente de la sala lo que no era más que el eco (largo, profundo, vibrante) de motores lejanos.

Un coche, al pasar, acababa de devolver una apariencia de normalidad al mundo.

Ahora mismo, mientras escribo esto, oigo el sonido del tránsito a través de la ventana abierta, y por momentos logro reconstruir aquella voz inhumana. En ocasiones llego a experimentar un leve escalofrío. Puede ser divertido, si uno está de humor.

Y a veces me pregunto qué habría sucedido si no hubiera despertado aquella noche de lluvia. ¿Habría llegado hasta hoy insistiendo que experimenté lo preternatural? ¿Desafiaría a los escépticos a darme una explicación a todas luces inaccesible? Es curiosa (y también da un poco de miedo) la idea de que podría estar dando testimonio de fenómenos paranormales si mi imaginación desbocada no hubiera tenido ocasión de bajar un cambio.

 

SOBRE EL AUTOR:

Andrés (@adiplotti)

Espécimen de Homo sapiens nacido en la Argentina del siglo XX. Bohemio de oficina, procrastinador multidisciplinario, autodidacta inconstante, cultor del nomadismo de sillón. En lo que encuentra un lugar cómodo donde la sociedad tenga a bien encasillarlo, se entretiene con cosas que se parecen un poco a la informática, a las artes y al humor.
Artículos de Andrés

 

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Lulú

Escéptica gracias a Google, pasó su infancia discutiendo con sus profesores de Historia y Religión. Ahora que encontró amigos de su misma especie, dedica sus horas libres al activismo escéptico y a discutir con profesores de Historía y Religión (cuando no está perdiendo el tiempo en google)

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