Religión y espiritualidadThrowback Thursday

TBT: Encuentros cristianos del tercer tipo y abducción al pasado

¿Se acuerdan de cuando eran cristianos? ¿No les da como vergüenza ajena (y propia) cuando llega uno de la antigua tribu a tratar de evangelizarlos? El Throwback Thursday de hoy se trata de eso, de cómo es ver tu propia ex-religión desde la vereda del frente.

Hace unos días atrás tuve un encuentro cercano de no se qué tipo: descubrí a una persona cristiana en pleno intento de evangelizarme. Fue en mi lugar de trabajo, de imprevisto.

Estaba yo muy tranquila conversando con un chico cuando de pronto me pregunta cuál es la religión predominante en mi país de origen, Chile. Para contextualizar, les detallo que actualmente vivo en Inglaterra, y que mi interlocutor era Dominicano. Yo le contesté que la mayoría es cristiana, y que más del 80% de la población se declara católica, a lo que el chico me contestó que ser católico no es ser cristiano… Comprendí inmediatamente que el susodicho era evangélico. Y es que pasé muchos años de mi vida siendo parte de una iglesia evangélica, así que lo que pasó fue que me encontré frente a frente con uno de los que alguna vez fueron de mi especie, solo que ahora yo estaba en una vereda distinta. Aún así, sabía perfectamente qué esperar de la conversación. Acto seguido, sentí que caía por el agujero del conejo hasta mis días de niña protestante.

Recordé lo orgullosa que me sentía en mi tierna infancia por pertenecer a la Fe correcta (igual que mi interlocutor) y no a esa Iglesia extraviada llamada Católica, infestada de adoradores de imágenes y de santos. Una Iglesia que escamotea la sabiduría a sus fieles al obstruirles el acceso a los estudios bíblicos. Esa Iglesia que cuelga a Cristo crucificado en los altares y no la cruz solitaria simbolizando la resurrección.

Re9YA0g24721cordé mis días en la escuela primaria, una escuela de curas católicos, donde en las clases de Religión me lucía por saber mejor que la profesora las historias del Antiguo Testamento. Porque yo no solamente leía la Biblia en la Iglesia, la leía como entretención en mi casa! Para mí, la historia de José y el Faraón era alucinante como Harry Potter lo es hoy para muchos. Mi mejor amiga era la hija del pastor de la iglesia y cuando me quedaba a dormir a su casa jugábamos ¡trivia bíblica! La verdad sea dicha, era como los hijos de Flanders.

Recordé la condescendencia con la que miraba a mis compañeros católicos por haber sido bautizados antes de poder elegir por si mismos, por rezar en vez de orar, por confesarse con un intermediario en vez de hacerlo directamente con el creador. Por repetir como loros la misa, en vez de hablar con Dios.

Y recordé las veces que, a mis tiernos 10 años, llevaba mi versión para niños de la Biblia “Dios habla hoy” en la mochila a la escuela para mostrarle a mis compañeros lo instruida que era yo en la materia. Hace no mucho me moría de verguenza al recordar estos episodios. Esa verguenza, con los años, se ha transformado una especie de cariño hacia la niña creyente y sabelotodo que algún día fui.

Pero basta de rememorar momentos vergonzosos del pasado. Volviendo al intento de evangelización, cuando esta persona me preguntó si yo era católica o cristiana (sic) le contesté con mi tono más amigable que no, que soy atea. Y yo sabía que mi respuesta iba a activar en él al proselitista que los protestantes llevan dentro (Si algo aprendí en mis años de iglesia fue a comprender a los protestantes) Y así fue, a los pocos segundos de mi declaración me estaba invitando a asistir a su iglesia. ¡Y no solo eso! Trató, infructuosamente, de embarcarme en un debate sobre mis razones para ser atea y la existencia de Dios. Me preguntó por qué yo no quería cambiar y creer, yo le dije que ya había cambiado pero en el sentido contrario, que había sido evangélica hasta mi adolescencia. Y mientras por mi boca salían escuetas respuestas, por mi mente pasaban todas estas escenas de mi misma haciendo proselitismo evangélico cuando era una niña. Probar un poco de tu propia medicina a veces sirve.

Gracias a Monesvol, me salvó la campana y pude zafar. Pero todo el resto del día sentí una tensión entre los dos. Como si él ahora me viera con otros ojos. Hasta ese momento teníamos muy buen rollo, pero luego de esto algo se había quebrado y no puede evitar sentirme culpable por no haber reaccionado de una manera acertiva. Mientras el hablaba y hablaba de que yo debería ir a la iglesia y creer en Dios (por que si no, que estamos haciendo acá) yo, entre recuerdos que me afloraban, pensaba cuál era la manera correcta de sobrellevar este intento de evangelización, y, lamentablemente, no se me ocurrió nada. Solo contesté con algunos monosílabos y sonrisas. Quizás toda esta situación, que me hizo rememomar mi infancia y el mundo cristiano al que alguna vez pertenecí, me dejó emocionalmente vulnerable y por eso no fui capaz de contestar nada.

A raiz de eso me quedé pensando en cómo abordar una situación similar en el futuro, qué argumento sacar a colación para ponerle fin a un intento de evangelización sin ser mal educado y mantener una buena convivencia con alguien que no podrás evitar en el futuro porque trabajas con él, por ejemplo. No creo que sea buena idea sacar argumentos de debunking de mitos cristianos, pruebas históricas, etc. Porque una persona que anda en plan de evangelizar no está para activar el pensamiento crítico, todo lo contrario. Es un cerebro instrumentalizado por un meme altamente dominante. Peor si es un cristiano “liberal” como mi compañero de trabajo, porque siempre reinterpreta, ecumeniza, relativiza y no hay por donde agarrarlo. Como dice Dan Barker: “Intentar enterarte de lo que cree un cristiano liberal es como intentar clavar un flan a un árbol”. Pero  lo cierto es que la razón más sencilla para no trenzarse en un debate es que uno no anda por la vida de guerrillero ateo, por lo general anda de persona normal queriendo que el resto del mundo haga lo mismo y no venga a venderle su verdad sobre la existencia.

Luego de toda esta divagación y viaje a mi infancia (largo viaje, por cierto) pensaba que para zafar rápidamente y sin dolor debería tener alguna frase cortés pero contundente que invite al otro a ocuparse de sus propios asuntos y que, sí, soy atea, pero no como niños ni adoro al diablo. ¿Alguna sugerencia?

Las imágenes fueron obtenidas de acá y acá.

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Lulú

Escéptica gracias a Google, pasó su infancia discutiendo con sus profesores de Historia y Religión. Ahora que encontró amigos de su misma especie, dedica sus horas libres al activismo escéptico y a discutir con profesores de Historía y Religión (cuando no está perdiendo el tiempo en google)

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