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Cría cuervos: los llamadores de ángeles

En mi adolescencia me encantaban los cascabeles. Llevaba cascabeles atados a los cordones de los zapatos, y me hacía pendientes o colgantes con ellos. Reconozco que podía ser bastante irritante oírme todo el día tintineando, al menos para el resto de la humanidad. Y que evidentemente no podía llegar a casa más tarde de la hora marcada, porque se daban cuenta sí o sí. Por eso cuando descubrí los llamadores de ángeles me encantaron: una bolita decorada que suena cada vez que te mueves. 

En aquel primer momento, además, la explicación que encontré para su uso en mujeres embarazadas me pareció muy lógica. Los fetos en desarrollo empiezan a oír a partir de la semana 22-23 de gestación, y se asume que están en un lugar bastante agradable: calentitos, flotando en líquido amniótico… así que podrían asociar el sonido del cascabel a la sensación de estar calentitos y a gusto, cual perro de Pavlov con su campana, y una vez fuera (donde hace frío y todo es mucho más desagradable) el sonido podría calmarle.

Esa es la teoría, y no es excesivamente descabellada. El problema es que nadie se ha parado a comprobarlo (¿es el sonido de una frecuencia adecuada para que la oiga el feto a través de capas de piel, grasa, músculo y líquido?¿realmente se produce esa asociación y una vez fuera el bebé se calma al oirlo?) y que en realidad, a quien lo usa, vende y promueve, pues tampoco le importa.

Porque lo bonito no es buscar (y comprobar) una explicación lógica a las cosas, que estamos hablando de maternidad. Lo que hay que hacer es buscar explicaciones fantasiosas y emocionales… como por ejemplo, que es un amuleto de la buena suerte, y que su sonido te hace conectar con su ángel guardián, para que lo proteja.

Súmale a eso un diseño bonito, un sonido agradable. Y ya tienes a todas las embarazadas del mundo con su tintineante joya por el módico precio de 20-50€ (según modelo).

Que digo yo que si te gusta el colgante en cuestión (y los hay muy bonitos) pues adelante. Como quien se compra unos pendientes o un anillo. Pero de ahí a creerte esto:

“Estas esferas eran un símbolo de protección. Los Ángeles se despidieron de los humanos y les explicaron que, aunque ya no los volverían a ver, si se sentían en peligro, desprotegidos o simplemente tristes, sólo necesitaban agitar la esfera, ya que, cuando escuchara su sonido, el Ángel Guía -Ángel Guardián- de cada uno, acudiría en su ayuda o compañía.”

“Los Ángeles pusieron una condición: el colgante sería de uso exclusivo y personal, pues todos tenían un sonido propio y reconocible por cada Ángel Guía -Ángel de la Guarda-, y este ángel no puede ser prestado a otra persona. Si se contravenía esta condición, la magia y protección de la esfera desaparecería. También explicaron a los humanos que el mismo colgante podía ser utilizado por una madre y su bebe mientras éste se encuentra en gestación, ya que en este estado, ambos comparten un Ángel Guía. Una vez que el bebé hubiera visto la luz, la madre debía decidir si el colgante se utilizaba para su protección o para la de su hijo recién nacido”.

Hay un abismo. Hay otras versiones, por supuesto, algunas con ángeles, otras con demonios o ambos, con elfos, con todo mezclado… pero la moraleja final es que ángel protegerá a la persona que lo lleve.

Por supuesto, para los “puristas” del Newage, esos llamadores que venden en las tiendas premamá y centros comerciales no son buenos, porque no llevan el sonido propio e intransferible del ángel guardián de la persona que lo compra, es un genérico. Así que para hacerlo bien, primero hay que hacer un estudio de las frecuencias que emite esa persona (o algo así) y poner ese sonido concreto en tu colgante. Previo pago, claro está, del precio de la consulta. Lo que ya no explican es cómo es posible que luego pueda proteger al bebé una vez nacido si en teoría su frecuencia es diferente y el ángel guardián es distinto. En fin, esos fallos de guión que a veces tienen estas cosas. Usen su imaginación para rellenar los huecos.

La imagen de cabecera fue obtenida aquí. La versión de la leyenda que le contaron al fotógrafo es digna del Silmarillion, pero en corto.

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Elara

Elara

Veterinaria, eterna doctoranda, lectora empedernida, rolera, gamer y friki hasta la médula. Intenté ser homeópata, acupuntora, naturista, lectora de manos, médium y católica, pero lo tuve que dejar porque no me creí nada. Y descubrí que lo que pasaba es que era escéptica.

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